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Escuela de Cine Dodecá | Inscripciones abiertas

Se abrieron las inscripciones para el año 2011 en los tres niveles de estudio: básico, profundización y superior.
Los cursos se dictan por separado para jóvenes de 12 a 18 años y para mayores de 18 años.

Jóvenes de 12 a 18 años
Los sábados en dos turnos, matutino o vespertino.

Mayores de 18 años
Los martes y miércoles en turno nocturno.

Por información comunicarse con la Escuela
2600 08 87
info@dodeca.org
www.dodeca.org

Curso de Cine y Juventud | Cultura y Educación: ¿en qué punto estamos?


Curso de Cine y Juventud
Seminario con panel de debate
Juventud, Cultura y Educación:
¿en qué punto estamos?

del viernes 5 de noviembre
al sábado 27 de noviembre

En el año 2004, entre los meses de abril y mayo, el Centro Cultural Dodecá desarrolló un Encuentro de Cine y Ciencias Humanas que abordó la temática de la educación en Uruguay. Dicho encuentro, denominado Juventud (Mal) Educada, fue registrado cinematográficamente por jóvenes estudiantes de cine. El material fílmico iba a formar parte de una serie de tres cortometrajes titulada Máscaras, que abordaba la realidad de la juventud en las dimensiones de la educación, los medios de comunicación y la cultura. En el año 2004-2005 se realizó el cortometraje Máscaras II, sobre el tema de las comunicaciones. El cortometraje documental tuvo un importante impacto en nuestro medio dada la calidad del trabajo realizado por los jóvenes. Los otros cortometrajes no llegaron a realizarse.

Este mes retomamos el tema: juventud, cultura y educación. Y nos preguntamos, seis años después, en qué punto estamos:
– ¿Cuáles son los conflictos intergeneracionales que se manifiestan en el sistema educativo actual?
– ¿Se sigue viendo a la educación como la base de un proyecto de cambio social en una dirección «progresista»?
– ¿Siguen las familias y los individuos apostando a la educación como una vía de movilidad social ascendente?
– La incertidumbre, la apatía, la violencia por parte de los educandos: ¿tienen sus raíces en los problemas infraestructurales que surgen con la masificación del sistema educativo o responden a un «malestar en la cultura» más complejo y extra-curricular?
– ¿Se están pensando los programas educativos y los planes de formación docente teniendo en cuenta que las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones ya son una realidad implícita en el trasfondo formativo de los jóvenes?
– Los presupuestos y la adjudicación de recursos: ¿responden a un proyecto claramente formulado, un sistema de valores, un rumbo social, un destino económico, en fin: hacia una visión del mundo; o sólo se responde pragmáticamente a demandas específicas de los distintos actores?

A todas luces, el problema de la educación es un problema cultural. Hace a la construcción de hegemonías culturales.
¿Quién domina? ¿Cómo?
Y si esas son las preguntas en lo que hace a la relación entre educación y cultura, desde nuestra perspectiva podemos indagar, además: ¿Cuál es la situación de las culturas juveniles en Uruguay en relación con el sistema educativo, con el sistema laboral y con el mercado? ¿Cuál es la relación del sistema educativo y cultural en relación con el arte y el mundo audiovisual? ¿Qué participación posibilita el sistema educativo y cultural a los jóvenes en la dirección de construir hegemonías o contra-hegemonías?

En 2004, nos cuestionábamos «hasta qué punto el sistema educativo no terminó por convertirse en mera continentación de educadores y educandos, dando lugar a un vínculo inestable y problemático, de mutua incomprensión y escasa tolerancia, entre unos y otros, entre personas e instituciones administrativas». ¿Qué podríamos responder a esta pregunta hoy en día?

La culminación del cortometraje Máscaras I y su presentación en el marco de este nuevo seminario nos permitirá, seis años después, reformular algunas preguntas y apuntar respuestas sobre una de las cuestiones claves que refieren a la condición de la juventud en la actualidad.

PROGRAMA

Viernes 5, 20hs., Picnic en las rocas colgantes, Peter Weir, Australia 1975
Sábado 6, 19hs., La sociedad de los poetas muertos, Peter Weir, EE.UU. 1989
Viernes 12, 20hs., Cero en conducta, Jean Vigo, Francia 1933
Sábado 13, 19hs., Napola, Dennis Gansel, Alemania 2004
Viernes 19, 20hs., Entre los muros, Laurent Cantet, Francia 2008
Sábado 20, 19hs., Las fresas de la amargura, Stuart Hagmann, EE.UU. 1970
Viernes 26, 20hs., Jaula 8 y Máscaras I, Dodecá Producciones, 2004 – 2010
Viernes 26, 20:30hs. | Panel de Clausura
Sábado 27, 19hs. | Escuela de rock, Richard Linklater, EE.UU. 2003


Organiza: Centro Cultural Dodecá


Apoya: Comisión Nacional del Uruguay para la UNESCO – MEC

Por consultas e inscripciones:
CENTRO CULTURAL DODECÁ
San Nicolás 1306
Tel. 2600 0887
info@dodeca.org

La guerra en el cine de los grandes maestros | Segunda parte

Continuamos este mes con el ciclo sobre la guerra en el cine de los grandes maestros.

La segunda guerra mundial, con toda su carga de muerte y destrucción, pudo ser un motivo de sátira en manos de un maestro como Lubitsch (Ser o no ser), que burlándose del nazismo constituye un alegato corrosivo contra sus lacras, a la vez que transforma los cánones de la comedia en Norteamérica, imponiendo un nuevo estilo que conjuga distinción, audacia provocativa y sensualidad.

Kurosawa, por su parte, encontró en el despliegue bélico motivos para cuestionar los límites de la identidad del ser humano, su realidad y sus sombras (Kagemusha), iluminando en ese marco las coreografías de las relaciones de los seres humanos con el poder y con la destrucción a la que conduce la guerra.

Las atrocidades del militarismo fueron subrayadas en películas que se presentan como un claro manifiesto antibélico (Johnny cogió su fusil, Por la patria): películas que, justamente, caminan en la dirección contraria de la línea de fuego.

Y los “daños colaterales” —ese eufemismo macabro con el cual se quiere dar cuenta en la actualidad del modo en que, necesariamente, la sociedad civil, y en ella los individuos, y en ellos la naturaleza más íntima, terminan cargando con los desastres de la guerra— también representan en el cine de los grandes maestros motivos para trazar retratos y tejer historias notables y conmovedoras (El otro señor Klein, Adiós a los niños, El espíritu de la colmena, Noche y Bruma, Hiroshima mon amour, La guerra ha terminado).

Finalmente, la guerra civil, esa otra forma de la guerra, allí donde la resistencia popular, más o menos desarmada, enfrentó invasores o dictadores, encuentra en el cine una posibilidad de contar las historias que los triunfadores jamás admitirían (El acorazado Potemkin, El fin de San Petersburgo, La batalla de Chile).

Historias narradas a contrapelo de La Historia, historias filmadas a contrapelo del cine mainstream.

La guerra en el cine de los grandes maestros

La relación entre la guerra y el cine ha sido fecunda. No sólo ha sido la base sobre la cual se ha constituido un género, el cine bélico (con sus luces y sombras y sus gastados clichés) sino que también ha develado la responsabilidad de las imágenes, todas las imágenes, en tanto portadoras de una ideología, con sus respectivas implicancias éticas: en un extremo, el cine ha oficiado como propaganda bélica poniéndose del bando del Estado-Nación en el cual se produce, para justificar acciones aberrantes, fomentar el patriotismo, o endiosar a los líderes y combatientes. En el otro extremo, el cine ha sido un formidable medio para mostrar los desastres de la guerra, sus costos inmensos en lo que respecta a la continuidad de la vida humana.

Pero más allá de esos escarceos, en manos de los grandes maestros del cine, la guerra ha sido un motivo para contar la Historia o para contar historias, en las cuales se dejan ver las pasiones más hondas del ser humano, desde sus virtudes más excelsas hasta sus vicios más degradantes.

Los grandes maestros del cine – desde Charles Chaplin y Abel Gance hasta Luchino Visconti y Akira Kurosawa, pasando por Georg Wilhelm Pabst, Roberto Rosellini, Gillo Pontecorvo y Robert Bresson entre otros – han encontrado en las situaciones límites de la guerra, en tanto dimensión en la que lo sublime, lo inefable o lo obsceno colindan, la oportunidad para configurar un contexto narrativo en el cual pulsar las cuestiones éticas y los dilemas antropológicos primordiales de una humanidad que a lo largo de los siglos no ha logrado generar modos de vida en común que excluyan la violencia sistemática y organizada. Y no sólo han encontrado esos marcos narrativos, sino que se vieron impulsados a renovar, en el tratamiento del tema, aquellos recursos del lenguaje y el arte cinematográfico que encontraron limitados para dar cuenta de la realidad e irrealidad que toda guerra concita.

Para los jóvenes, por lo común tentados en sus pasiones extremas, la guerra ha sido siempre una condena (es apropiado recordar aquí el tópico de la “carne de cañón”) pero también ha oficiado como una fuerte atracción: y es que las situaciones límites son siempre para la juventud una oportunidad de tensar el significado de la propia existencia. El género bélico (con sus despliegues de acción, escenarios de grandes batallas y héroes desmesurados) ha resultado atractivo para la juventud, colmando a veces esa ansia de fascinación. Por su lado, y así lo entendemos al proponer este ciclo, el cine de los grandes maestros puede, una vez que se lo revisita
en el tratamiento de este tema, configurar también la oportunidad de reflexionar sobre algunas cuestiones claves de nuestro tiempo. Y es que la guerra plantea problemas de orden moral y político que, desde el límite que representa, puede alumbrar un presente en que los conflictos sociales y personales compulsan la validez de los modos de vida, y también de muerte.

El ciclo comienza este mes y se extenderá hasta octubre.

El cine de Chris Marker

La obra de Chris Marker (Francia, 1921) es fundamentalmente documental, salvo por La Jetée, un clásico del cine mundial. Su cine ha sentado las bases de lo que hoy se conoce como documental creativo y ha influido a generaciones de directores del siglo XX, pero ha sido desconocida para el público en general. Este mes nos aproximamos a su obra con varias de sus películas fundamentales.

Era un objeto de forma curiosa. Una cajita de metal con los bordes redondeados e irregulares, con un agujero rectangular en el medio y, en el otro lado, un visor minúsculo, del tamaño de un euro. Con cuidado, había que introducir por arriba un fragmento de película (de película de verdad, con perforaciones y todo) y una ruedecilla de goma la bloqueaba. Al hacer girar un botón, la película se desplegaba, fotograma a fotograma. A decir verdad, cada fotograma representaba una toma distinta, así que aquello parecía más un visionado de diapositivas que un home cinema, a pesar de que las escenas eran planos magníficamente reproducidos de películas famosas: de Chaplin, Ben Hur, el Napoleón de Abel Gance… Si eras rico podías introducir la cajita en una especie de linterna mágica y proyectar las escenas sobre la pared (o sobre una pantalla, si eras muy rico). Yo tenía que contentarme con la versión más básica: apretar el ojo contra el visor y mirar. Este artilugio, ya olvidado, se llamaba Pathéorama. El nombre se podía leer en letras doradas sobre un fondo negro, con el legendario gallo Pathé cacareando ante un sol naciente.

El placer egoísta del poder mirar yo solo imágenes que pertenecían al inaccesible mundo del cine generó muy pronto un subproducto dialéctico: cuando aún no podía imaginar que tendría nada en común con el proceso del cine (cuyos principios básicos quedaban, como es natural, lejos de mi comprensión), había algo de la propia película que estaba a mi alcance, pedazos de celuloide que no eran muy distintos de los negativos fotográficos que te devolvían del laboratorio. Era algo que podía oler y tocar, algo del mundo real. ¿Y por qué (insinuaba mi Pepito Grillo dialéctico) no podría yo, por mi parte, hacer algo del mismo estilo? No necesitaba más que material translúcido y las dimensiones correctas. (Las perforaciones estaban ahí para hacer bonito, la ruedecilla las ignoraba). Así que con tijeras, pegamento y papel de calco hice una buena copia de la película del modelo Pathéorama. Después comencé a dibujar, fotograma a fotograma, una serie de posturas de mi gato (¿de quién si no?), con algunos intertítulos. Y de repente, el gato formaba parte del mismo universo que los personajes de Ben Hur o Napoleón. Había pasado al otro lado del espejo.

De los amigos de la escuela, Jonathan era el que tenía más prestigio; estaba dotado para la mecánica y tenía bastante inventiva. Diseñaba maquetas de teatro con telones deslizantes y luces intermitentes, y una orquesta en miniatura que surgía del foso mientras en un gramófono a manivela sonaba una marcha triunfal. Así pues, fue lógico que quisiera que fuera el primero en ver mi obra maestra. Yo estaba bastante orgulloso del resultado, y desplegué las aventuras del gato Riri, que presenté como “mi película”. Jonathan me hizo volver a la realidad. “Las películas tienen que moverse, estúpido”, me dijo. No se puede hacer una película con imágenes quietas”.

Pasaron 30 años. Entonces rodé La Jetée.

Chris Marker