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La guerra en el cine de los grandes maestros | Segunda parte

Continuamos este mes con el ciclo sobre la guerra en el cine de los grandes maestros.

La segunda guerra mundial, con toda su carga de muerte y destrucción, pudo ser un motivo de sátira en manos de un maestro como Lubitsch (Ser o no ser), que burlándose del nazismo constituye un alegato corrosivo contra sus lacras, a la vez que transforma los cánones de la comedia en Norteamérica, imponiendo un nuevo estilo que conjuga distinción, audacia provocativa y sensualidad.

Kurosawa, por su parte, encontró en el despliegue bélico motivos para cuestionar los límites de la identidad del ser humano, su realidad y sus sombras (Kagemusha), iluminando en ese marco las coreografías de las relaciones de los seres humanos con el poder y con la destrucción a la que conduce la guerra.

Las atrocidades del militarismo fueron subrayadas en películas que se presentan como un claro manifiesto antibélico (Johnny cogió su fusil, Por la patria): películas que, justamente, caminan en la dirección contraria de la línea de fuego.

Y los “daños colaterales” —ese eufemismo macabro con el cual se quiere dar cuenta en la actualidad del modo en que, necesariamente, la sociedad civil, y en ella los individuos, y en ellos la naturaleza más íntima, terminan cargando con los desastres de la guerra— también representan en el cine de los grandes maestros motivos para trazar retratos y tejer historias notables y conmovedoras (El otro señor Klein, Adiós a los niños, El espíritu de la colmena, Noche y Bruma, Hiroshima mon amour, La guerra ha terminado).

Finalmente, la guerra civil, esa otra forma de la guerra, allí donde la resistencia popular, más o menos desarmada, enfrentó invasores o dictadores, encuentra en el cine una posibilidad de contar las historias que los triunfadores jamás admitirían (El acorazado Potemkin, El fin de San Petersburgo, La batalla de Chile).

Historias narradas a contrapelo de La Historia, historias filmadas a contrapelo del cine mainstream.

La guerra en el cine de los grandes maestros

La relación entre la guerra y el cine ha sido fecunda. No sólo ha sido la base sobre la cual se ha constituido un género, el cine bélico (con sus luces y sombras y sus gastados clichés) sino que también ha develado la responsabilidad de las imágenes, todas las imágenes, en tanto portadoras de una ideología, con sus respectivas implicancias éticas: en un extremo, el cine ha oficiado como propaganda bélica poniéndose del bando del Estado-Nación en el cual se produce, para justificar acciones aberrantes, fomentar el patriotismo, o endiosar a los líderes y combatientes. En el otro extremo, el cine ha sido un formidable medio para mostrar los desastres de la guerra, sus costos inmensos en lo que respecta a la continuidad de la vida humana.

Pero más allá de esos escarceos, en manos de los grandes maestros del cine, la guerra ha sido un motivo para contar la Historia o para contar historias, en las cuales se dejan ver las pasiones más hondas del ser humano, desde sus virtudes más excelsas hasta sus vicios más degradantes.

Los grandes maestros del cine – desde Charles Chaplin y Abel Gance hasta Luchino Visconti y Akira Kurosawa, pasando por Georg Wilhelm Pabst, Roberto Rosellini, Gillo Pontecorvo y Robert Bresson entre otros – han encontrado en las situaciones límites de la guerra, en tanto dimensión en la que lo sublime, lo inefable o lo obsceno colindan, la oportunidad para configurar un contexto narrativo en el cual pulsar las cuestiones éticas y los dilemas antropológicos primordiales de una humanidad que a lo largo de los siglos no ha logrado generar modos de vida en común que excluyan la violencia sistemática y organizada. Y no sólo han encontrado esos marcos narrativos, sino que se vieron impulsados a renovar, en el tratamiento del tema, aquellos recursos del lenguaje y el arte cinematográfico que encontraron limitados para dar cuenta de la realidad e irrealidad que toda guerra concita.

Para los jóvenes, por lo común tentados en sus pasiones extremas, la guerra ha sido siempre una condena (es apropiado recordar aquí el tópico de la “carne de cañón”) pero también ha oficiado como una fuerte atracción: y es que las situaciones límites son siempre para la juventud una oportunidad de tensar el significado de la propia existencia. El género bélico (con sus despliegues de acción, escenarios de grandes batallas y héroes desmesurados) ha resultado atractivo para la juventud, colmando a veces esa ansia de fascinación. Por su lado, y así lo entendemos al proponer este ciclo, el cine de los grandes maestros puede, una vez que se lo revisita
en el tratamiento de este tema, configurar también la oportunidad de reflexionar sobre algunas cuestiones claves de nuestro tiempo. Y es que la guerra plantea problemas de orden moral y político que, desde el límite que representa, puede alumbrar un presente en que los conflictos sociales y personales compulsan la validez de los modos de vida, y también de muerte.

El ciclo comienza este mes y se extenderá hasta octubre.

El cine de Chris Marker

La obra de Chris Marker (Francia, 1921) es fundamentalmente documental, salvo por La Jetée, un clásico del cine mundial. Su cine ha sentado las bases de lo que hoy se conoce como documental creativo y ha influido a generaciones de directores del siglo XX, pero ha sido desconocida para el público en general. Este mes nos aproximamos a su obra con varias de sus películas fundamentales.

Era un objeto de forma curiosa. Una cajita de metal con los bordes redondeados e irregulares, con un agujero rectangular en el medio y, en el otro lado, un visor minúsculo, del tamaño de un euro. Con cuidado, había que introducir por arriba un fragmento de película (de película de verdad, con perforaciones y todo) y una ruedecilla de goma la bloqueaba. Al hacer girar un botón, la película se desplegaba, fotograma a fotograma. A decir verdad, cada fotograma representaba una toma distinta, así que aquello parecía más un visionado de diapositivas que un home cinema, a pesar de que las escenas eran planos magníficamente reproducidos de películas famosas: de Chaplin, Ben Hur, el Napoleón de Abel Gance… Si eras rico podías introducir la cajita en una especie de linterna mágica y proyectar las escenas sobre la pared (o sobre una pantalla, si eras muy rico). Yo tenía que contentarme con la versión más básica: apretar el ojo contra el visor y mirar. Este artilugio, ya olvidado, se llamaba Pathéorama. El nombre se podía leer en letras doradas sobre un fondo negro, con el legendario gallo Pathé cacareando ante un sol naciente.

El placer egoísta del poder mirar yo solo imágenes que pertenecían al inaccesible mundo del cine generó muy pronto un subproducto dialéctico: cuando aún no podía imaginar que tendría nada en común con el proceso del cine (cuyos principios básicos quedaban, como es natural, lejos de mi comprensión), había algo de la propia película que estaba a mi alcance, pedazos de celuloide que no eran muy distintos de los negativos fotográficos que te devolvían del laboratorio. Era algo que podía oler y tocar, algo del mundo real. ¿Y por qué (insinuaba mi Pepito Grillo dialéctico) no podría yo, por mi parte, hacer algo del mismo estilo? No necesitaba más que material translúcido y las dimensiones correctas. (Las perforaciones estaban ahí para hacer bonito, la ruedecilla las ignoraba). Así que con tijeras, pegamento y papel de calco hice una buena copia de la película del modelo Pathéorama. Después comencé a dibujar, fotograma a fotograma, una serie de posturas de mi gato (¿de quién si no?), con algunos intertítulos. Y de repente, el gato formaba parte del mismo universo que los personajes de Ben Hur o Napoleón. Había pasado al otro lado del espejo.

De los amigos de la escuela, Jonathan era el que tenía más prestigio; estaba dotado para la mecánica y tenía bastante inventiva. Diseñaba maquetas de teatro con telones deslizantes y luces intermitentes, y una orquesta en miniatura que surgía del foso mientras en un gramófono a manivela sonaba una marcha triunfal. Así pues, fue lógico que quisiera que fuera el primero en ver mi obra maestra. Yo estaba bastante orgulloso del resultado, y desplegué las aventuras del gato Riri, que presenté como “mi película”. Jonathan me hizo volver a la realidad. “Las películas tienen que moverse, estúpido”, me dijo. No se puede hacer una película con imágenes quietas”.

Pasaron 30 años. Entonces rodé La Jetée.

Chris Marker

El cine de Béla Tarr

Nacido en Hungría en 1955, Béla Tarr es considerado por buena parte de la crítica internacional como uno de los cinco mejores directores de cine del mundo aún en actividad. Extraña paradoja para un artista que no se considera un cineasta: no me llevo bien con los cineastas húngaros porque ellos son directores y yo no. Yo no sé lo que soy.

En sus comienzos, el cine de Béla Tarr, un especialista en construir atmósferas oníricas de extensa duración, se inscribía en el género conocido como ficción documental. Este género incluía el uso de actores no profesionales, diálogos improvisados y el uso de la cámara en mano para retratar una realidad descarnada, claustrofóbica, en un contexto sociohistórico caracterizado por el denominado socialismo real.

La preocupación inicial de Béla Tarr por los pro- blemas de las vinculaciones humanas en espacios reducidos, que ya aparecía en su primer largometraje de ficción documental Nido de familia, 1977, se ha ampliado, en la actualidad, hasta adquirir un carácter más general sobre la ontología del poder y la decadencia de las relaciones comunitarias a escala global, tal cuál se evidencia en su último largometraje conocido hasta la fecha, El hombre de Londres, 2007, pero que ya establecía sus pilares fundamentales en 1987 con La condena.

Sin abandonar esta temática que subyace a toda su filmografía, el estilo visual y sonoro de Béla Tarr va adquiriendo un refinamiento formal, tanto en los aspectos compositivos como en la puesta en escena, cuya culminación y reconocimiento internacional llegaría con Armonías de Werckmeister en el año 2000.

Dicho estilo –alejado de cualquier intención alegórica o simbólica: las películas son siempre algo concreto, sólo pueden registrar cosas reales, afirma Béla Tarr–, sin embargo, reconoce ciertas constantes que han ido consolidando su sistema formal, a saber:

– Planos secuencias muy extensos, dilatados en el tiempo, con movimientos coreografiados, tanto de cámara (con sus desplazamientos), como de personajes en el espacio.

– Uso del blanco y negro como opción estética. Es el blanco y negro, el uso contrastado de luces y sombras lo que le permite al director esa particular fusión entre naturalismo y artificio cinematográfico: con el color no puedo controlar la imagen, con el blanco y negro puedo establecer una distancia entre el mundo real y el mundo representado, la imagen de la película, sentencia Béla Tarr.

– Montaje en el cuadro a partir de un uso muy particular de los reencuadres continuos de personajes y objetos que le permite, entre otras cosas, evitar filmar los diálogos con el clásico planocontraplano.

– Una elaboración muy refinada de la imagen y el sonido. El uso del fuera de campo y una elaboración muy particular de la banda musical contribuyen esencialmente a darle ese carácter hipnótico y envolvente a sus movimientos coreografiados.

– Importancia fundamental del desplazamiento de los personajes en un espacio altamente estilizado donde predomina el agua, el lodo y la bruma. En dicho contexto, en sus películas, siempre hay uno o varios personajes en movimiento que deambulan sin destino por ese paisaje apocalíptico: son los famosos paseos de Béla Tarr.

– Supremacía de la forma sobre la narrativa convencional. En el cine de Béla Tarr los argumentos de las historias importan menos que la aproximación obsesiva a los personajes para entender la vida de todos los días… qué es lo que está sucediendo debajo de la superficie.

Heredero de los grandes maestros de la cinematografía mundial, con nombres que van desde Antonioni, Bresson, Mizoguchi y Ozu, hasta Angelopoulos pasando por Tarkovskii y Jancsó, Béla Tarr se erige en la actualidad, junto a unos pocos cineastas más, como un artista superlativo dentro de un panorama global donde prevalece la frivolidad y la pobreza creativa. Vale la pena entonces conocerlo y comenzar a analizar su obra como corresponde.

El curso de Béla Tarr comienza el jueves 17 de junio.

Continúa el curso «Mujer, Juventud y Familia»

Han transcurrido dos clases del curso de Cine y Sociedad _ Mujer, Juventud y Familia en las que se abordaron tres películas: La joven vida de Juno (Jason Reitman, EEUU 2007), Mooladé (Ousmane Sembene, Senegal 2005) y Sin techo ni ley (Agnès Varda, Francia 1985).

A través de estas obras hemos recorrido las realidades de jóvenes mujeres insertas en contextos cul- turalmente diversos: la de la adolescente americana embarazada para la cual su familia representa un refugio de estabilidad y comprensión –Juno-, la de la madre que en un pueblo africano se rebela contra el orden patriarcal del poblado –Mooladé-, y la de la joven que rechaza las estructuras básicas de la sociedad y muere de frío en una zanja –Sin techo ni ley-.

En el análisis cinematográfico de estas películas hemos observado cómo distintos recursos cinematográficos, tales como la voz en off, el monólogo interior y el uso de la música, son utilizados con la finalidad de conseguir la empatía del espectador, su participación afectiva en una realidad que le es ajena y su cercanía emocional con el personaje que guía la historia. También hemos cuestionado la au- tenticidad de dicho ánimo empático: el hecho de que el realizador nos coloque dentro de su mundo ficticio no implica que éste sea auténtico o verdadero y esto es evidenciado en la resolución de las his- torias y las decisiones que toman sus personajes.

Desde una perspectiva diferente en el arte cinematográfico, la del distanciamiento, y de la mano de Agnés Vardá, seguimos los pasos de un persona- je cuyo trayecto se erige en metáfora brutal de la decadencia de nuestras sociedades actuales, nos confronta como espectadores y exige nuestra participación reflexiva.

Las distintas construcciones dramáticas de estas películas evidencian la necesidad del análisis de la utilización del lenguaje cinematográfico a través del cual los realizadores expresan su visión del mundo y su posición moral respecto de cuestiones humanas fundamentales como los son las de la mujer, la juventud y la familia.

El curso continúa durante los meses de abril y mayo.