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Ramiro Ozer Ami: Imágenes pasajeras

Posted on Jul 11, 2003

De la frí­a acera al interior del ómnibus hay una superposición innumerable de reflejos, de pantallas, de vidas que pasan. Entre el contemplador y el objeto de su deseo median barreras translúcidas que hay que atravesar –resplandor de las ventanillas, vidrios empañados, corredores en penumbras– pero al final del camino surge siempre, como un horizonte, el rostro de la persona: contundente, anónima huella de un tiempo vivido.

El proyecto Paisaje pasajero nace del encuentro de dos temores atávicos. Por un lado, el miedo del fotografiado al robo del aura personal, es decir, a la violación de su intimidad; por otro, el temor del ladrón de imágenes a la represalia. Al menos en principio fue así­, Ramiro Ozer Ami salió en busca de condiciones ideales para un retrato callejero “espontáneo”, en donde no se viera expuesto a una reacción agresiva. La distancia provocada por el discurrir del vehí­culo es la defensa del fotógrafo: inmoviliza de antemano al retratado.

De aquí­ en más comienza una relación fugaz que el espectador de esta muestra podrá ahora reconstruir en su imaginación y en sus actos, pues el pequeño formato de los registros lo impulsará a repetir el ritual de la aproximación y los descubrimientos. Intuirá, por ejemplo, cómo el fotógrafo, luego de acercarse a la parada del ómnibus, ha invitado a posar con un gesto que puede ser amable, a su ocasional modelo. A pocos centí­metros del coche rara vez su presencia será inadvertida. El pasajero del ómnibus quizás pretenda ignorar el convite pero no logrará mucho más que ofrecer un perfil adusto a la cámara.

Cada fotografí­a es la historia y a la vez el desenlace de este encuentro: un inusitado y profundo estudio de las reacciones urbanas, de los destellos que encienden las miradas, de las maneras de pensarse en un ómnibus, de diluirse en otros viajes, en otras formas de desplazamiento. El escenario de la ciudad se fragmenta en los reflejos de las ventanas, las fachadas de los edificios giran, se entrecruzan, juegan con la curiosidad de unos niños, con la distracción eventual del paseante para, finalmente, confundirse en la enigmática voz de una sonrisa enlutada.

Pablo Thiago Rocca