El Suicidio en el Cine

El sui­ci­dio ha sido abor­dado desde múl­ti­ples ángu­los por las dife­ren­tes dis­ci­pli­nas humaní­sticas (psicologí­a, sociologí­a, antropologí­a, etc.). En el cine auto­ral y crea­tivo encon­tra­mos valio­sos inten­tos de hur­gar en las pro­fun­di­da­des de esta pro­ble­má­tica tan compleja.

En este ciclo pre­sen­ta­mos algu­nos ejem­plos, que van desde el lla­mado a la refle­xión ética sobre la nece­si­dad de la lega­li­za­ción de la euta­na­sia ante situa­cio­nes extre­mas (en Mar aden­tro), hasta el cruce bio­grá­fico que tra­zan lite­ra­tura y cine al repa­sar el drama de una mujer, una artista enfren­tada a una socie­dad patriar­cal que ahoga su impulso crea­dor (Las horas, basada en la vida de Vir­gi­nia Woolf). El sui­ci­dio como espejo, donde los indi­vi­duos se enfren­tan con ellos mis­mos ante la insó­lita soli­ci­tud de un sui­cida, que pide ayuda para con­su­mar ese acto, en una socie­dad auto­ri­ta­ria como la musul­mana, cuya reli­gión de estado expre­sa­mente prohí­be la auto­eli­mi­na­ción (El sabor de las cere­zas). El sui­ci­dio pre­sen­tado como metá­fora de nues­tro tiempo, un tiempo de bar­ba­rie y de derro­tas, donde el hom­bre ha per­dido metas e idea­les, y ha que­dado solo, enfren­tado a la terri­ble cons­ta­ta­ción de que “ya no queda nada en nin­gún lugar” (Eden). O el sui­ci­dio mos­trado como un viaje hacia la muerte a tra­vés del alcohol, un viaje pre­me­di­tado y frí­amente cal­cu­lado, que es tam­bién la forma de esca­par de una socie­dad deca­dente e hipó­crita, que ya hace mucho que per­dió su falsa inocen­cia (Adiós a Las Vegas).

El sui­ci­dio es un acto ter­mi­nal terri­ble­mente con­tun­dente, pero es inasi­ble e incom­pren­si­ble. Siem­pre queda un halo de mis­te­rio y culpa a su alre­de­dor, un silen­cio impo­tente entre los que que­dan vivos. Al final, tal­vez, sólo sean los pro­pios sui­ci­das los que sepan el por­qué, los que ten­gan las razo­nes últi­mas. O tal vez no.

Repro­du­ci­mos a con­ti­nua­ción la “Carta a un viejo amigo”, de Ryu­no­suke Aku­ta­gawa, escri­tor japo­nés que se sui­cidó en 1927 (autor, entre otras obras, de la cono­cida novela “Ras­ho­mon”, lle­vada al cine por Akira Kurosawa):

“Pro­ba­ble­mente nadie que intenta sui­ci­darse, como lo demues­tra Rég­nier en uno de sus cuen­tos, es ple­na­mente cons­ciente de todos sus moti­vos, que con fre­cuen­cia son dema­siado com­ple­jos. Al menos en mi caso, el sui­ci­dio está cau­sado por un vago sen­ti­miento de angus­tia, un vago sen­ti­miento de angus­tia sobre mi pro­pio futuro.

Durante los últi­mos dos años más o menos he pen­sado solo en la muerte, y he leí­do con espe­cial inte­rés un nota­ble relato del pro­ceso de la muerte. Aun­que el autor lo expre­saba en tér­mi­nos abs­trac­tos, yo seré tan con­creto como pueda, incluso al punto de pare­cer inhu­mano. En este punto, estoy obli­gado a ser honesto. En cuanto a mi vago sen­ti­miento de angus­tia por mi pro­pio futuro, creo que lo ana­licé por com­pleto en “Vida de un loco”, salvo el fac­tor social, es decir la som­bra que el feu­da­lismo arrojó sobre mi vida. Es algo que omití­ deli­be­ra­da­mente, inse­guro de poder escla­re­cer el con­texto social en el que viví.

Una vez que me decidí­ por el sui­ci­dio (no lo con­si­dero un pecado, como los occi­den­ta­les), bus­qué la manera menos dolo­rosa de lle­varlo a cabo. Por ende des­carté ahor­carme, pegarme un tiro, sal­tar al vací­o y otras moda­li­da­des de sui­ci­dio por razo­nes esté­ti­cas y prác­ti­cas. El uso de una droga parecí­a ser tal vez la manera más satis­fac­to­ria. En cuanto al lugar, debí­a ser mi pro­pia casa, por incon­ve­niente que ello resul­tara para mis fami­lia­res que me sobrevivirí­an. Como una suerte de trampolí­n, tal como lo habí­an hecho Kleist y Racine, pensé en alguna compañí­a, por ejem­plo, una amante o un amigo, pero como muy pronto gané con­fianza, decidí­ seguir ade­lante solo. Y lo último que tuve que cal­cu­lar fue la manera de ase­gu­rar una eje­cu­ción per­fecta sin que mi fami­lia se ente­rara. Des­pués de varios meses de pre­pa­ra­ti­vos, final­mente estoy con­ven­cido de haberlo logrado.

Noso­tros, los huma­nos, por ser ani­ma­les huma­nos, tene­mos un miedo ani­mal a la muerte. La así­ lla­mada vita­li­dad es sólo otro nom­bre de la fuerza ani­mal. Yo mismo soy un ani­mal humano. Y parece que esta fuerza ani­mal, se ha escu­rrido gra­dual­mente de mi sis­tema, a juz­gar por el hecho de que tengo tan poco ape­tito por la comida y las muje­res. El mundo en el que vivo es el de los ner­vios enfer­mos, lúcido como el hielo. Esta muerte volun­ta­ria debe dar­nos paz, si no feli­ci­dad. Ahora que estoy listo, la natu­ra­leza me resulta más bella que nunca, por para­dó­jico que parezca. He visto, amado y enten­dido mas que otros. En eso al menos expe­ri­mento cierta satis­fac­ción, a pesar de todo el dolor que he tenido que sopor­tar hasta el momento.

P.S. Leyendo una vida de Empé­do­cles, siento qué anti­guo es este deseo de con­ver­tirse en un dios. Esta carta, en la medida que puedo saberlo, no lo intenta. Por el con­tra­rio, me con­si­dero uno de los huma­nos más comu­nes. Tal vez recuerde aque­llos dí­as, veinte años atrás, cuando habla­mos de Empé­do­cles bajo los tilos. En esa época yo era alguien que querí­a con­ver­tirse en un dios.”

CICLO | EL SUICIDIO EN EL CINE

inicio | domingo 19 de noviembre