Otros artículos sobre Ciclos

Lo mejor del cine australiano (III)

Otra entrega de la serie dedicada a revisar lo más significativo del cine australiano de las últimas tres décadas. Este mes ha quedado espacio solamente para dos tí­tulos, pero el ciclo no termina aquí­.

La obra de Truffaut

Con «Los cuatrocientos golpes«, el jueves 4 de setiembre, dio comienzo en Dodecá una retrospectiva casi completa de la obra de uno de los maestros de la Nouvelle Vague francesa. François Truffaut, junto a Chabrol, Rohmer, Godard (entre otros), revolucionó las estructuras del cine francés de su tiempo (las del cine de «qualité«) proporcionando así­ nuevas formas y contenidos a la cinematografí­a mundial. El ciclo continuará en los próximos meses.

Suele dividirse la obra de Truffaut en dos grandes vertientes, aunque ya se sabe que toda clasificación tiene algo de artificio. De un lado estarí­an los films más o menos autobiográficos como la serie de «Antoine Doinel«, el personaje inaugurado por Jean-Pierre Léaud en Los cuatrocientos golpes, que habrí­a de reaparecer en un episodio de El amor a los veinte años y en los largos La hora del amor, Domicilio conyugal y El amor en fuga. Del otro, una serie de tí­tulos que presuntamente habrí­an interesado al director de manera más indirecta, por motivos estéticos, ideológicos o culturales.

De hecho, sin embargo, el cine de Truffaut exhibe una unidad fundamental, y hasta hay quien se ha puesto a contabilizar hasta qué punto se repiten en él determinados planos (palomas levantando el vuelo en La hora del amor y La novia vestí­a de negro, una casa cubierta de nieve en Disparen sobre el pianista y La sirena del Mississippi, huellas de pies en Jules et Jim, La novia vestí­a de negro, Fahrenheit 451, una salida precipitada del lecho conyugal en La piel dulce, La sirena del Mississippi y Domicilio conyugal), objetos (un juego de Los cuatrocientos golpes es recordado en El amor a los veinte años y practicado en El niño salvaje), hasta expresiones (un hombre describe a una mujer como una aparición en Jules et Jim, La novia vestí­a de negro, La hora del amor y Domicilio conyugal, mujeres abandonadas por sus maridos reconocen «con él nunca me he aburrido» en Piel dulce y Domicilio conyugal, hay cosas increí­bles que son ciertas afirman respectivamente Jeanne Moreau y Catherine Deneuve en Jules et Jim y La sirena del Mississippi).

Tras esas constantes de detalle hay permanencias más profundas. La preocupación por temas vinculados a la niñez, reflejo de la propia, conflictuada infancia de Truffaut, asoman en Les mistons, Los cuatrocientos golpes, El niño salvaje, La piel dura, y la soledad es un rasgo reiterado en Antoine Doinel, en el Aznavour de Disparen sobre el pianista, en el bombero de Fahrenheit 451, el Don Juan de El amante del amor, diversos niños de La piel dura, la Adela Hugo de Historia de Adela H. y varios más.

A lo largo de su carrera y al igual que varios compañeros de generación, Truffaut esquivó el compromiso social o polí­tico expresos, una bandera que otros cineastas (Godard en algún momento) llegaron a enarbolar como esencial. Pero Truffaut uní­a su amor por el hombre (este hombre concreto, captado con sensibilidad y ternura, con humor y calidez) al amor por el cine, declarado explí­citamente en una pelí­cula completa (La noche americana) e implí­citamente en todas las demás: los homenajes a Hitchcock, el cine negro o la comedia brillante en Disparen sobre el pianista, La novia vestí­a de negro, La sirena del Mississippi o Confidencialmente tuya, los elementos de melodrama y amor loco de La mujer de la próxima puerta, derivan de su experiencia en la butaca y de sus tiempos de crí­tico feroz para la revista Cahiers du Cinéma, de la cual salió al igual que otros de los maestros de la Nouvelle Vague. Admirador de la tradición narrativa del cine norteamericano, ese cine le devolverí­a el homenaje: Steven Spielberg lo invitó a participar en el elenco de Encuentros cercanos del tercer tipo, y Paul Mazursky moldeó su Willie Phil sobre el modelo de Jules et Jim. El presente ciclo, que proseguirá en próximos boletines, pretende proporcionar una visión razonablemente abarcadora de la obra de Truffaut.

Retrospectiva del cine colombiano

Diez tí­tulos que resumen de manera bastante adecuada la evolución del cine colombiano en las dos últimas décadas. Una oportunidad de ponerse en contacto con una cinematografí­a latinoamericana merecedora de un mejor conocimiento, y que sin embargo suele figurar escasamente en la cartelera comercial.

Lo mejor del cine australiano

Hacia mediados de la década del setenta hubo un cambio radical en la polí­tica cinematográfica australiana. Tras años de desarrollo de un mercado interno, se tuvo la necesidad de romper las barreras nacionales para lograr un redimensionamiento de la industria. Con fuerte respaldo de empresas privadas y entes públicos, el cine australiano consiguió una inmediata repercusión internacional, combinando hábilmente la suerte de un film (el gran éxito de «Te llamaré Caddie«) con muestras organizadas desde Australia para festivales internacionales de cierto prestigio.

El resultado fue que en el plazo de tres años el cine australiano ya habí­a recorrdo todo el mundo y comenzaba a difundir los nombres de realizadores importantes. El primero de ellos fue tal vez Peter Weir, que ya tení­a una fama interna con films como «El plomero» o «Enigma en Parí­s», y que se impondrí­a afuera con «Picnic en las Rocas Colgantes» y especialmente «La última ola». Pero también importó gente como Bruce Beresford («Asalto al camión blindado», «Fiesta de fin de semana», «Después de la emboscada»), el George Miller de «Mad Max» o su homónimo de «Herencia de un valiente», o la Gillian Armstrong de «Mi brillante carrera».

No fue una ola pasajera la que se impulsó en ese momento, sino una decisión que se trató de mantener con el correr de los años. Sin embargo, los cambios en el mercado internacional plantearí­an al cine australiano por lo menos dos obstáculos. El primero de ellos fue la exportación lisa y llana de sus talentos, absorbidos por la industria norteamericana, que es donde trabajan hoy la mayorí­a de los realizadores australianos importantes de entonces. Weir llegarí­a a Hollywood para hacer «Testigo en peligro», «La costa mosquito», «Matrimonio por conveniencia» o «La sociedad de los poetas muertos», y lo mismo ocurrirí­a con el George Miller de «Las brujas de Eastwick» o «Un milagro para Lorenzo», o la Gillian Armstrong de «Mujercitas», mientras Bruce Beresford se dedicaba a cosas como «Crí­menes del corazón», «Conduciendo a Miss Daisy» y hasta «Mi testigo preferido», y el otro Miller llegaba a Europa para hacer una secuela de «La historia sin fin». Y la lista de nombres podrí­a extenderse hasta gente como los fotógrafos Russell Boyd o Don McAlpine, o intérpretes como Angela Punch-MacGregor Mel Gibson (de hecho, este último nació en los Estados Unidos, pero se harí­a famoso por sus trabajos en Australia antes de regresar triunfalmente a su paí­s natal).

El segundo problema ha sido la difí­cil competitividad planteada por la industria norteamericana, con su consecuencia de una inevitable pérdida de la identidad (algo que también ha podido ocurrir con la producción británica, por ejemplo). De ahí­ el debilitamiento de la presencia australiana en el mercado internacional durante la segunda mitad de la década del ochenta y los noventa, aunque éxitos aislados aunque irrepetibles (Cocodrilo Dundee) pudieron generar algún sobresalto en las taquillas del ancho mundo. Más cerca aún, tí­tulos notorios como «El casamiento de Muriel» o «Las aventuras de Priscilla, reina del desierto» han servido para recordar que, en el mundo del cine, Australia también existe. Y algo debe significar que Erik Bana, el australiano que encarnó al mitómano y asesino Chopper, haya sido elegido para interpretar en una superproducción internacional (dirigida por Ang Lee, nada menos) al Increí­ble Hulk. Ese debe ser también, de alguna manera, un reconocimiento al cine australiano. El presente ciclo reúne varios ejemplos significativos de ese cine.

Lo mejor de Francesco Rosi (II)

La zona más valiosa de la trayectoria de Francesco Rosi se inicia en 1962 con Salvatore Giuliano, un vasto cuadro social que utilizaba como eje la mitológica figura del famoso bandido siciliano.

Con pocas excepciones (la fábula de Y vivieron felices, el intermedio operí­stico de Carmen), su obra posterior se orientarí­a en esa misma dirección, con denuncias de corrupción polí­tica (Saqueo a la ciudad), aproximaciones crí­ticas al mundo del toreo (El momento de la verdad), alegatos antibélicos (El asalto final), reflexiones sobre el poder en sus diversas manifestaciones (Lucky Luciano, Cadáveres ilustres, El caso Mattei). Su cine fue quizás el más significativo de la veta crí­tica con connotaciones polí­ticas de los años sesenta y setenta, y su evolución posterior puede resultar no menos reveladora: Cristo se detuvo en Eboli o Tres hermanos se movieron en un terreno humanista más amplio, quizás más universal y abstracto, como si los sacudones sociales hubieran vuelto más problemáticas las seguridades de antaño. Sin embargo, los años ochenta lo vieron igualmente polémico con respecto a comportamientos mafiosos (Olvidar Palermo), el prejuicio social (Crónica de una muerte anunciada, sobre Garcí­a Márquez) o las masacres del nazismo y el sentido de la existencia después de Auschwitz (La tregua). El ciclo que culmina ahora reúne varios de sus tí­tulos más significativos.