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Dodecá en Brecha: nota y entrevista.

Posted on Abr 28, 2011

Compartimos con ustedes la nota y la entrevista publicadas en el Semanario Brecha, del 15 de abril de 2011, con motivo de los 10 años de Dodecá.

 

Dodecá cumple 10 años

Comunidad, una palabra fructífera

En la portada de la página del Centro Cultural Dodecá, una acuarela de Ombú en tonos grises, blancos y negros postula una enorme gaviota –acaso un albatros u otra clase de ave romántica– cerniéndose sobre la rambla mientras una figura de gran brazo extendido se anima a mojarse en el horizonte del río. Es una acertada forma de invitar a esa acogedora y prolijísima institución de rasgos geométricos ubicada en la calle San Nicolás 1306, esquina Siria, en el barrio de Punta Gorda-Carrasco, y que este año festeja sus 10 años.

Sofi Richero

El eslabón que liga o separa a Punta Gorda de Carrasco tiene sin cuidado a los integrantes del Grupo Dodecá y así lo manifestaron dos de sus integrantes en su conversación con Brecha (véase entrevista). En la base de la acuarela de Fermín Hontou, la leyenda caligrafiada no precisó extenderse: “Para los amigos de Dodecá”. Y es seguramente eso, la hospitalidad de esta fundación cultural autogestionada lo que hizo y hace que los muchos valiosos artistas que allí fueron exponiendo, dejaran a su paso una obra en forma de obsequio, por lo que hoy Dodecá cuenta con una pinacoteca de altísimo valor que podrá ser apreciada en la muestra que cerrará el ciclo “Dodecá, diez años, diez exposiciones”,* una de las instancias centrales del festejo, y que se inauguró con Pespuntes, excelente muestra de Lacy Duarte. Fermín advirtió, cuando supo que en la mañana del otoño más lindo del sur visitaría la casa, que el ómnibus correcto era el 142 Punta Gorda y no el 142 Costanera. Y es que viaje y ubicación, centro y bordes, descentralización y pereza, son palabras ligadas desde el principio de los tiempos a Dodecá. “¿Por qué en Punta Gorda?”, qué fastidio, seguramente una de las insistencias más cerriles desde que el Grupo Dodecá echó a rodar su proyecto cultural. Fue en setiembre de 2001, con la inauguración del Centro Cultural: ya en 2003 se inaugura la Escuela de Cine, y en 2007 la productora cinematográfica.** Las tres instancias deben todo al llamado Grupo Dodecá, una experiencia comunitaria que hasta el día de hoy sigue vigente y que es la que ha permitido, aseguran, todo lo que hoy tienen entre manos. En el mismo espacio del Centro, pero separada apenas por una puerta corrediza de madera, está la casa donde conviven los integrantes del grupo y sus familias en forma comunitaria desde hace 23 años (aunque ha habido egresos e ingresos durante ese tiempo, apostilla Cristina Bausero). Una experiencia de socialización de la vida cotidiana tanto como de los ingresos económicos –todos van a un depósito común– que es lo que conquista la autogestión del proyecto y su crecimiento sostenido, aun cuando desde hace un tiempo eventualmente se beneficien de fondos externos (pero éstos ya no son en absoluto condicionantes para la continuidad del proyecto, se alegran).

Una pequeña y muy cómoda sala de cine con una programación de alta calidad, una sala de exposiciones que no le va en saga y la Escuela de Cine –aulas, isla de edición, etcétera– en una vieja casona contigua al Centro, cuya antigua propietaria fue la investigadora y curadora de arte Olga Larnaudie. En el fondo brilla “el ombú más grande de Montevideo”, según me indicó Cristina Bausero, con su enorme manojo de llaves durante el anfitrionísimo tour de esa mañana. Esto, en lo que refiere a la parte edilicia y a los tres grandes puntales que sostienen y articulan el proyecto. En la base de estos espacios físicos, la arquitectura conceptual que los inspiró desde un comienzo. En sus propias palabras: “Cuando inauguramos el Centro Cultural, allá por setiembre de 2001, destacábamos algunas de las características del grupo humano que se aboca a una aventura de insospechados derroteros: decíamos de nosotros mismos que nos habíamos juntado a partir de una ‘impronta muy particular’, signada por ‘la apuesta a la participación colectiva y la apropiación colectiva de la cultura, algo que entendemos fundamental para el estímulo y el desarrollo creativo de la persona’. Aquello fue, y sigue siendo, la base a partir de la cual pretendimos construir nuestro espacio, ‘donde lo personal se conjuga con lo colectivo y lo colectivo con lo personal’. Esta fue, es, y sigue siendo la utopía sobre la cual Dodecá se asentó, proyectó, construyó, y creció”.

La articulación entre cine y ciencias humanas está sostenida por un proyecto cultural que hace énfasis y militancia en la crítica y el debate social. Dodecá programa, tal como informa puntualmente su boletín, talleres, ciclos, seminarios, mesas de debate, y tareas de extensión y coparticipación con distintas instituciones públicas y privadas de todo el país. La perspectiva de derechos –con especial insistencia en los de género– es inextricable de otro de los fundamentos sagrados para Dodecá: la calidad artística, la calidad a secas. Y eso debe resplandecer en cada uno de los resquicios de su edificio y de su trabajo creativo. Desde la programación para la sala de cine y la de exposiciones, hasta lo que hace a los detalles ornamentales en paredes y aulas, a la disposición y el orden de la biblioteca, del jardín y sus plantas, y así. Finalmente: Dodecá se concentra en, y disfruta de, los jóvenes. De sus problemas y consejos, de la acusación y la rabia, de su creatividad y sus proyectos. En suma, de esa manida y deshabitada palabra que se llama participación.

* La agenda especial de este año será acompañada por la edición de un catálogo para presentar a cada artista. Las inauguraciones serán los primeros lunes de cada mes, y los expositores serán Lacy Duarte, Analía Sandleris, Marcelo Legrand, Martín Mendizábal, Eduardo Cardozo, Claudia Anselmi, Gerardo Goldwasser, Matías Ventura (fotografía), Mario Sagradini y una muestra colectiva de la pinacoteca privada de la Fundación con obras obsequiadas por artistas durante estos diez años. Por más detalle véase www.dodeca.org

** Entre las películas de Dodecá pueden destacarse: Un puente demasiado largo, de Alejandro y Matías Ventura, sobre el conflicto de Botnia con Argentina; Jaula 8, realizada por Santiago Correa, Ilana Hojean, Micaela Mesa, Matías Rey, Federico Rodríguez y Matías Ventura, sobre la problemática de la educación formal y el deterioro de la relación docentes-alumnos; Ya pasó todo, dirigida por Belén Baptista y Santiago Ventura, sobre el aborto –y el uso del misoprostol– entre jóvenes uruguayas de distintas clases sociales y que contó con el asesoramiento de Iniciativas Sanitarias del msp y del doctor Leonel Briozzo. Se han sumado últimamente dos productoras independientes, a cargo de jóvenes de la Escuela –Poética Kino Films y Chester Films– que cuentan con el apoyo en equipamiento de Dodecá.

Con Cristina Bausero y Germán Machado

La Policía también va al cine

—Imagino que una de las preguntas que los persigue desde el comienzo es ¿por qué Punta Gorda? o, en versión centralizadora, ¿por qué tan lejos?

Cristina Bausero —Sí, es así. Ahora está la posibilidad de fijarte en Internet; allí tenés todos los horarios y entonces no hay por qué salir cuarenta minutos antes para venir. Nos cambió la vida. Salís a la hora indicada y te tomás el 142, que pasa por muchos puntos de Montevideo, o combinás. No sé si viste las invitaciones de ahora, en esta de los diez años pusimos todos los horarios de los ómnibus, ¿ves? Nuestra idea fue desde un primer momento llevar el proyecto a la descentralización. ¿Por qué Punta Gorda? O Carrasco, porque hay distintas opiniones sobre cuál es el límite. Yo no sé, decile Carrasco, me da igual. No tengo miedo de decir: Carrasco. Desde el punto de vista urbanístico es un barrio que tiene los polos opuestos: de avenida Italia al norte tiene situaciones de exclusión muy importantes, y las situaciones de inclusión de avenida Italia al sur son de las más altas de Montevideo. Ese contrapunto para nosotros era muy importante. Y tenemos un montón de proyectos en ese sentido. Por ejemplo: uno en proceso, que aún no nos ha salido, que es contar con unos jóvenes recicladores que están al norte de avenida Italia. Contar con ellos y con los jóvenes cineastas de Dodecá para que puedan trabajar conjuntamente. A su vez hemos incluido en la Escuela de Cine a un montón de chiquilines que vienen del norte de Carrasco. Se nos ha dicho que Dodecá se desvaloriza por tener una escuela pública al lado; para nosotros es al revés. Y hemos trabajado con la escuela, con el liceo 15, con el liceo 20. Yo creo que es muy importante la comunión que se da acá de jóvenes de distintos estratos sociales y muy polarizados.

—Pero a los chiquilines de Carrasco al norte hay que ir a buscarlos…

C B —Sí, pero por suerte muchos se atreven y se acercan. Otorgamos becas a cambio de trabajos relacionados con la factura de los boletines, repartirlos y otras cosas… es decir, tratamos. Mi idea era identificar chiquilines de la zona de exclusión y que ellos pudieran venir a Dodecá a hacer su escuela de cine completa: no que Dodecá vaya a ellos para hacer un tallercito, un fin de semana, un proyecto bancado por una ong. No, identifiquemos chiquilines a los que les interese hacer los tres años de Dodecá.

Germán Machado —Nos interesa la descentralización en varios sentidos. Hay toda una política de extensión y comunicación que desarrolla Dodecá que va más allá de lo presencial. Como trabajar y articular debates a través del cine, por ejemplo. Los seminarios de cine siempre los cerramos con mesas de debate y entonces invitamos a distintos actores, especialistas, de la cultura, de la universidad, de las organizaciones sociales. El año pasado cerramos un ciclo sobre educación, un viernes a las diez y media de la noche, y no se quería ir nadie, con una platea llena de jóvenes. Teníamos a Nora Castro, a Adriana Marrero… un panel divino, y los chiquilines no querían que se acabara.

—Cuénteme del origen, del Grupo Dodecá como experiencia comunitaria.

C B —Por un tiempo, mientras Dodecá se iba consolidando, sobre todo como escuela de cine, no nos gustaba hacer alharaca de esto, porque nosotros recibimos chicos de todos lados y la palabra comunidad es para muchos una mala palabra. Le tienen temor al concepto y me alegra que Brecha y otros medios lo entiendan. Me acuerdo de cuando nos mudamos acá, los chicos eran chiquitos… un día la vecina de enfrente me dijo: “Yo no puedo mandar a mis hijos a tu casa que está llena de muchachones”. Al muy poco tiempo nos dejaba a la nena más chiquita: “Me voy al súper, ¿la puedo dejar acá?”.

G M —Y después pasamos a ser un anexo de la escuela de aquí al lado, las maestras venían a pedir aspirinas, esto y lo otro. Al nene que no lo venían a buscar lo dejaban acá…

—¿Cómo es la experiencia comunitaria, cómo es cotidianamente?

C B —Bueno, por supuesto que tiene un sustento ideológico y teórico muy importante, al cual suscribimos todos los integrantes, y que es político, ni qué hablar. Se trata de llevar al extremo una experiencia de socialización en la vida cotidiana. Estamos juntos hace 23 años, por supuesto que hemos tenido egresos e ingresos a lo largo de todos estos años… Tenemos una socialización absoluta de los ingresos y yo creo que eso es lo que nos ha permitido construir todo esto; todos los sueldos nuestros van a una caja única. Si acá tenés a 15 personas y no a dos, y si tenés una heladera que es de 15 y no de dos, todo eso a lo largo de los años va acumulando, va sumando. Y si tenés que pagar un impuesto y no cinco impuestos… es eso. Es una alternativa al sistema, sin lugar a dudas. Porque mirá todo esto, ¿cómo íbamos a pensar que llegaríamos a lograr todo esto? Jamás.

G M —Y que el grupo pudiera autogestionar el proyecto nos permitió una independencia absoluta en los criterios. Nosotros íbamos a hacer lo que entendíamos era bueno o adecuado hacer, yo te diría, desde una perspectiva de activismo cultural.

C B —Sí, de activismo cultural. Porque no te olvides que nosotros empezamos cuando toda la militancia se iba para abajo, y entonces pensamos de qué manera trabajar y no abandonar los temas sociales. Fue un momento de gran desilusión, y ahí arrancamos.

G M —Arrancamos y construimos esto solos, y luego sí, cuando echó a rodar accedimos a algunos apoyos, pero que ya no son condicionantes. Está el colectivo atrás, con un financiamiento asegurado porque es una propuesta de actividad militante.

C B —Ayer justo me llamó un periodista de Búsqueda y me preguntaba si yo era la dueña. Y yo le digo “no, yo no soy la dueña, no hay dueño o dueña en Dodecá”. Son una cantidad de amigos y de compañeros, en el gran sentido de la palabra compañeros, que trabajamos todos juntos. Por una cuestión de temperamentos o cualidades, yo soy la cara quizás más visible.

G M —Y la productora de cine, ahora, es fundamental. Porque hacer una película y distribuirla es justamente descentralizar, expandir y alcanzar una instancia global. Es decir, Dodecá deja de ser simplemente un lugar físico ubicado en Punta Gorda o Carrasco para pasar a ser una productora de bienes culturales con una visión cultural del mundo que es la que está detrás de nuestra propia experiencia. Por ejemplo, Jaula 8, el cortometraje que hicieron gurises de 15 años, fue el detonante para largarnos con la Escuela de Cine. A esta altura a esa película la vieron, fácil, 20 mil personas, y me quedo corto. Nos enteramos de docentes que la copian para poder trabajarla en los liceos. Ganamos primer premio en Atenas, ganó en Canadá, en La Habana. Fue la detonante.

G M —O Hasta que salga el sol, sobre el abuso sexual infantil, también hecha por chiquilines. Hasta la utilizaron para un curso policial. El fiscal de corte era el panelista y para dinamizar la discusión entre el fiscal, la Policía, las organizaciones de salud y de mujeres usaron la película. Prácticamente toda la Policía de Colonia la vio.

C B —¿Cómo llegan HiroshimaLa Perrera a la Policía? No llegan.