Lo empático y lo auténtico

Han trans­cu­rrido tres cla­ses del curso de len­guaje cine­ma­to­grá­fico Las Jóve­nes en las que se abor­da­ron cinco pelí­cu­las: Ame­lie (Jean Pie­rre Jeu­net, Fran­cia 2001), A los trece (Cat­he­rine Hard­wi­cke, Esta­dos Uni­dos 2003), La joven vida de Juno (Jason Reit­man, EEUU 2007), Ya pasó todo (Belén Bap­tista & San­tiago Ven­tura, Uru­guay 2008) y Bien­ve­ni­dos a la casa de muñe­cas (Todd Solondz, EEUU 1995).

A par­tir del aná­li­sis de pelí­cu­las en apa­rien­cia tan disí­mi­les como Ame­lie, A los trece y La joven vida de Juno, se observó cómo dis­tin­tos recur­sos cine­ma­to­grá­fi­cos son uti­li­za­dos para la misma fina­li­dad: la con­se­cu­ción de la empa­tía del espec­ta­dor, su par­ti­ci­pa­ción afec­tiva y emo­cio­nal en una reali­dad que le es ajena.

amelieEn el caso de Ame­lie, el uso que se hace de la voz en off intro­duce al espec­ta­dor en la his­to­ria y lo coloca en el lugar de la pro­ta­go­nista, intro­du­cién­do­nos cómo­da­mente en un mundo naïf y fan­tás­tico donde fácil­mente es posi­ble cam­biar el curso de los acon­te­ci­mien­tos y la vida de las per­so­nas. En Juno, el monó­logo inte­rior de la pro­ta­go­nista nos da la mano para acce­der rápi­da­mente a un mundo igual­mente encan­ta­dor. En el caso de A los trece, el empleo de la “téc­nica docu­men­tal” de regis­tro de las imá­ge­nes (cámara inquieta, móvil) pro­por­ciona la par­ti­ci­pa­ción afec­tiva del público: es, siguiendo una lec­tura muy común, “como si estu­vié­ra­mos allí”, en el lugar de los hechos.

Es así que el ánimo empá­tico de estas rea­li­za­cio­nes se empeña en acer­car­nos a sus jóve­nes pro­ta­go­nis­tas, a vivir la his­to­ria junto a ellas. Sin embargo, y a pesar de que éste pare­ce­ría ser el pri­mer motivo por el cual esta­rían pre­sen­tes estos recur­sos, queda siem­pre la inte­rro­gante de qué es lo que real­mente pien­san o sien­ten las protagonistas.

No nece­sa­ria­mente empa­tía es sinó­nimo de auten­ti­ci­dad. El hecho de que el rea­li­za­dor nos colo­que den­tro de su mundo fic­ti­cio no implica que éste sea autén­tico o ver­da­dero y esto queda cla­ra­mente reve­lado en la feliz reso­lu­ción de cual­quiera de estas tres historias.

En el marco de este aná­li­sis, una pelí­cula como Bien­ve­ni­dos a la casa de muñe­cas se pre­senta como una rea­li­za­ción total­mente dis­tinta en cuanto que no se pro­pone la empa­tía con la joven pro­ta­go­nista que, desde el prin­ci­pio al final, es objeto de inin­te­rrum­pi­das agre­sio­nes. De la misma manera que en Ya pasó todo, la inten­ción no es par­ti­ci­par de la afec­ti­vi­dad del per­so­naje sino tan solo acom­pa­ñarlo a la dis­tan­cia. No se usan aquí aque­llos recur­sos cine­ma­to­grá­fi­cos que nos acer­can a la emo­ción. El espec­ta­dor sabe que está viendo una pelí­cula y esa dis­tan­cia per­tur­bar­dora lo insta a la reflexión.

dollhouseCohe­ren­te­mente con su volun­tad no empá­tica, el com­por­ta­miento de la pro­ta­go­nista de Bien­ve­ni­dos a la casa de muñe­cas es tan obje­ta­ble y cruel como el de todos los demás ya que Solondz se niega a dotarla de un carác­ter dis­tinto y bueno. Sin embargo, la recrea­ción en esta pelí­cula de una socie­dad que tras su fachada orde­nada oculta la des­truc­ción, la sole­dad, inco­mu­ni­ca­ción, cruel­dad e hipo­cre­sía de sus indi­vi­duos, es tanto más sobre­co­ge­dora y potente que la cons­truc­ción de las pelí­cu­las ante­rio­res debido a su mayor auten­ti­ci­dad y honestidad.

En Bien­ve­ni­dos a la casa de muñe­cas como en Ya pasó todo las his­to­rias de las pro­ta­go­nis­tas no se resuel­ven, pero las inte­rro­gan­tes sobre los per­so­na­jes y la socie­dad en la que están inser­tos han que­dado planteadas.

De esta misma manera pode­mos con­fron­tar el uso de la téc­nica docu­men­tal de A los trece con el de Sin techo ni ley (Agnès Varda, Fran­cia 1985). Mien­tras que de la pri­mera obte­ne­mos un dudoso acer­ca­miento al pro­ceso de una joven en un entorno destructivo, en la segunda segui­mos los pasos de un per­so­naje que, sin ser tal, nos con­fronta, y cuyo tra­yecto se erige en metá­fora bru­tal de la deca­den­cia de nues­tras socie­da­des actua­les, mucho más dra­má­tica, si se quiere, en su distanciamiento.