Dodecá

Ingresar

De plano

Posted on Dic 20, 2008

A PROPÓSITO DE LA MUESTRA FOTOGRAFÍAS DE ESTUDIANTES DEL CURSO SUPERIOR DE LA ESCUELA DE CINE DODECÁ.

La capacidad de recordar necesita del olvido. Desde el Funes de Borges, hasta aquí, sabemos bien que no podemos recordar todo lo que hemos visto, sentido y oído: eso sería un desastre emocional; sería algo imposible e insufrible.

Y sin embargo, el olvido se enseñorea fácilmente de nuestros sentidos y debilita la memoria. Cuantas más imágenes percibimos —y en nuestras sociedades cada vez estamos más expuestos a percibir imágenes, símbolos, mensajes—, más grande es la facilidad con que las olvidamos. Uno podría pensar que olvidamos lo que hemos mirado incluso antes de llegar a recordarlo por un sólo instante. Quizás por ello la fotografía, esa capacidad técnica que tenemos de fijar y reproducir lo mirado sobre un soporte material (papel, pantallas) desempeña un rol importante en el equilibrio inestable entre mirada, recuerdo y olvido. La fotografía reparte los tantos, otorgándole al recuerdo un refugio contra el olvido, al olvido la potencialidad de importunar el presente y, a la vez, dotando a la mirada de la capacidad de fijarse en aquello de lo que no podrán hacerse cargo ni el olvido ni la memoria, anticipándose al transcurso implacable del tiempo y deteniéndolo como en un hito de luminosidad.

Sí: la fotografía ayuda a construir una mirada atemporal. Cuando esa construcción se logra, la mirada se hace idea, y la idea se entrega materializada en una imagen de la realidad. Una peculiar realidad: la del arte de la fotografía, la de la creación de imágenes que salen del tiempo: no tendrán pasado, no tuvieron futuro, las esquivó el presente, son imágenes que saltean el movimiento de la ubicuidad. No cualquier fotografía logra eso. Sólo lo hace aquella que se predispone a mirar y, ya lo dijimos, a construir poéticamente el mundo.

He aquí una muestra de fotografías artísticas —y, por qué no, poéticas—, realizadas por los estudiantes de la Escuela de Cine Dodecá del Curso de Fotografía dictado en 2008 por Juan Ángel Urruzola.

Cucharitas de té que se encubren bajo la cobertura de papel de plomo y recogen en su ausencia una porción de color, para dar la sola idea, casi pura, del color rojo, operando en contraste con la plomiza desaparición de la vida cotidiana (Belén Baptista).

Unos rostros que se desfiguran monstruosamente para que sepamos que por detrás de las caras que a diario dan cuenta de la existencia del otro puede haber latiendo un sentimiento de desgarro real o atribuido (Sebastián Bugna).

Un león de juguete parado al borde de un travesaño cuya perspectiva nos conduce hacia una vegetación de fantasía, dimensionando así la potencialidad de la imaginación capaz de recuperar el descuido de un objeto infantil para introducirnos en un mundo de fábula apenas insinuado (Javier Ventura).

Retratos de gente admirada y desconocida: ese esfuerzo incansable por fijar las facciones de los seres queridos o desconocidos (Matías Ventura, Manuel González, Matías Rey, Santiago Ventura). Los retratos velados, alertándonos que no siempre la mirada del otro puede devolvernos la nuestra (Antonella Tambasco).

Una paloma que transita entre botas militares alineadas para un desfile, ofreciéndonos la idea de que la calma por la que transitamos es tan frágil como el paso vacilante de ese símbolo universal de la paz (Santiago Ventura).

El granulado crepuscular de la ropa tendida sobre las azoteas, avisando que por sobre la doméstica realidad del mundo, hay una fantasmagórica proyección hacia mundos desconocidos (Luciano Demarco).

En una dirección similar, la captura de imágenes en plano detalle (Santiago Ventura, Sebastián Bugna) logra que objetos absolutamente asimilados (y por ende, no diferenciados) en el mundo de la vida cotidiana cobren otra realidad: dejan de cumplir su función común y corriente para proyectarse en imágenes casi pictóricas que reabren la realidad en lo imaginario.

Otro tanto sucede cuando, previo a la toma fotográfica, se trabaja en la composición de la imagen, ya sea con objetos cotidianos o con adornos. Utensilios, pinzas de ropa, recuerdos de viaje, frutas, entre otros objetos, compuestos como naturalezas muertas o como estructuras formales cuidadas, logran que en su diferenciación y contraste con la cotidianidad detengan y ocupen la mirada, por así decirlo: pre-ocupándola (Matías Rey, Matías Ventura, Belén Baptista)

La duplicidad de lo urbano allí donde la unicidad se fragmenta espejándose sobre sí misma (Andrés D’avenia, Gonzalo Torres) o resaltando, en un juego de luces y colores dispares, la coexistencia en la arquitectura de la ciudad de tiempos socialmente distintos (Federico Rodríguez).

La desfiguración de la imagen humana hasta el punto, y el punteo, de la incógnita, donde la presencia ciudadana se vuelve algo tan difuso como una tenue sombra (Emilio Bianchi).

Quien observa detenidamente estas fotografías —como tuvimos el gusto de hacerlo— puede extraer distintos significados de las imágenes construidas y deconstruidas, capturadas y liberadas en su reproducción, escenificadas u obscenificadas en su presentación pública. Y es que esa multiplicidad de sentidos, algo propio de la poesía, no puede desligarse de las tensiones mencionadas al principio: tensión entre el tiempo, la mirada, el recuerdo y el olvido.

Que los y las fotógrafas que ahora exponen sean jóvenes estudiantes de cine podría resultar un dato superfluo en este caso, y ante lo aquí expuesto. Podría, si no fuera porque la calidad que todos y cada uno de ellos ha logrado alienta una continuidad de próximas creaciones que, ya en el campo de la fotografía ya en el del cine, habrán de permitirnos ajustar nuestros propios sentidos a la perpetua movilidad del mundo. Qué así sea.

Cristina Bausero
Germán Machado

Montevideo, diciembre de 2008.