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Posted on Nov 04, 2006

Tatiana Oroño escribe en BRECHA a propósito de la instalación: EL OJO DE LA MEMORIA de OSCAR BONILLA y ANA SOLARI

Núcleo de los antiguos mitos fue la correspondencia entre visión y conocimiento, lo sugerí­a el atributo de Atenea, la de los “ojos de lechuza”, diosa de la inteligencia. A su manera René Magritte volvió al asunto pintando aquella órbita solar/ocular localizada en el supuesto espacio craneano de la pequeña figura trajeada inferior, de la cual se halla separado, como un globo sin piolí­n. Oscar Bonilla tiene un ojo cómplice, el de la cámara, y otros dos que relojean todo el tiempo.

En los ejemplares de BRECHA se adueñan a menudo los tres de una página entera, en duelo de contrapunto con algún texto breve. Un termo distraí­do en el murito de la rambla, los rayos y el destello de una rueda de bicicleta, son capturas suyas que los mí­os han recogido a la primera ojeada al semanario. Tiempo atrás y en la misma sala donde expone ahora esta serie de arquitecturas y maniquí­es, devastados, incursionó con Hecho en Uruguay en la muerte de las fábricas textiles. Este año en el catálogo que acompañó su muestra a la Bienal de La Habana, “Rastros sin rostro”, escribió: “Mi ciudad y yo nos reconocemos a través de los recuerdos. Fragmentos del pasado que se cuelan al presente a través de mis imágenes, en esfuerzo desesperado por vivir”. La presente instalación, que así­ se denomina la exposición fotográfica acompañada por texto narrativo, voz lectora y música, es expansión de sus búsquedas de reconocimiento visual en/con la ciudad a la vez que extiende aquella citada investigación por la trastienda de la quebrantada industria nacional alcanzando, ahora, abandonados rincones de inusitado potencial alegórico.

La cámara sacó partido de una geometrí­a arquitectónica fabril que es modulada por la luz rasante, horizontal u oblicua – vigas, pilares, azoteas decrépitas, espacios oclusos, herrerí­as oxidadas, candados férrea y obscenamente soldados a sus cadenas- así­ como de una fantasmal acumulación de anatomí­as que roza lo siniestro. Torsos, cabezas y piernas en serie ¿de producción o aniquilación?, componen la exhibición de simulacros que, inertes, evocan cuerpos de carne y hueso, cuerpos violentados, los verdaderos fantasmas que rondan a los maniquí­es amontonados con procacidad. Primeros en aparecer, ví­vidamente atraí­dos por tomas como la del cartel “Duchas femeninas” en un interior sucio y vací­o, son los que surgen de la memoria del horror concentracionario. Junto a esta foto, en la contigua, superpuestos torsos de escuálidos senos cadavéricos consolidan la percepción imaginaria del exterminio, de la fosa común. Luego, o a la vez, en dantesca confusión, revive la memoria vernácula de prisiones, cárceles y enterramientos clandestinos. Y aun se acopla, solapadamente, el registro de otros ecos no menos ominosos aunque más genéricos y apagados. Los del poder empresarial que des/territorializa cuerpos y mentes. “Prohibida la entrada a toda persona ajena a la sección”, se lee en un cartel con tipografí­a destacada en la palabra inicial. La imagen pone en escena la intrusión del ojo en el espacio mudo de un orden muerto y arroja el mensaje al abismo de la caducidad de sentido. Es un cartel que se quedó hablando solo. Pero a la vez, en la multitemporalidad convocada por la obra, se lo ha recuperado, invirtiéndolo. Así­ recontextualizada por la serie fotográfica, la prohibición inviste un carácter de advertencia contra la naturalización de las prohibiciones impuestas por el poder. Es admonición y advertencia sí­ (y burla sin pretensión de ninguna gracia a sus finiquitados redactores) pero de todo lo contrario. Avisa lo otro. Lo que se escondí­a en el mandato de no pasar, de no ver.

Se podrí­a seguir. Pero lo importante es lo que hay para ver a partir del ojo de la cámara, no siempre tan contundente como en los casos señalados. Algunas imágenes hacen concesiones al efectismo, cuando el crudo desnudo de la escena se viste de escenografí­a, y el maniquí­ de novia, por ejemplo. No hay cámara perfecta ni ojo infalible ni verdad única., se argumentará. Pero yo me quedo con las fotos duras. Ellas me llevan a memorizar el pasado conceptualmente como interrogante. ¿Qué fabricábamos entonces?, ¿simulacros de cuerpos para vestirlos a la moda o descarnados, despóticos, modelos societarios?

(Publicado en el suplemento EL OCHO del SEMANARIO BRECHA, 3/11/2006, p. 7)