Lorca: La metamorfosis como muerte

Con la sala des­bor­dada de público, el vier­nes 18 de agosto rea­li­za­mos la acti­vi­dad Polé­mi­cas 7: Fede­rico Garcí­a Lorca, setenta años des­pués. Esta acti­vi­dad se enmarca en la serie de home­na­jes pre­vis­tos por la Casa de los Escri­to­res del Uru­guay que con­ti­núan esta semana en la Biblio­teca Nacio­nal.

En esta opor­tu­ni­dad, luego de la exhi­bi­ción del filme La luz pro­di­giosa, tuvo lugar un panel de debate con la par­ti­ci­pa­ción de Ceci­lia Pérez Mon­dino, Car­los Maggi y Álvaro Ojeda. De este último, publi­ca­mos ahora su ponen­cia, titu­lada La meta­mor­fo­sis como muerte, dando con­ti­nui­dad, así­, desde este sitio, al home­naje rea­li­zado al poeta.

LA METAMORFOSIS COMO MUERTE
por Álvaro Ojeda

La cir­cuns­tan­cia obliga a limi­tar el asunto a con­si­de­rar: Fede­rico Garcí­a Lorca fue un hom­bre de su pue­blo, tomó su cul­tura y sus cau­sas como suyas, las vivió y revi­vió en España y fuera de ella, las declaró de manera firme, las hizo poesí­a. En ese sen­tido fue un poeta polí­tico, pero me pasaré al pre­sente del indi­ca­tivo. Un poeta que con­si­dere el mundo es un poeta polí­tico. Un poeta que hable del lucro o del odio o de la pasión de amor, es un poeta polí­tico. Un poeta que hable de la muerte es un poeta polí­tico. No lo es, en la medida que sienta una espe­cie de voca­ción edi­to­ria­lista en su poesí­a, lo que lo ale­jará de ella, de la poesí­a, y lo acer­cará a la fama, a lo mejor, como a tan­tos que andan por ahí­ escri­biendo edi­to­ria­les en for­mato lite­ra­rio. Eso se llama escri­tor de libelos.

No es el caso del poeta Fede­rico Garcí­a Lorca, nunca lo es, por­que sublimó el len­guaje de su pue­blo, por el que iba y vení­a con la velo­ci­dad de un pro­grama de compu­tación, y con la serie­dad que requie­ren serios asun­tos como la muerte, a la que degustó en otras tie­rras antes de sufrirla en la suya y en su carne, y a la que defi­nió como una meta­mor­fo­sis –un cam­bio de forma per­ma­nente y cí­clico– en un poema de su libro de infle­xión, Poeta en Nueva York, escrito entre 1929-30 –tan luego en esos años de cri­sis del capi­ta­lismo– que se llama √¢‚í‡Â¨â‰ˆí¬Intro­duc­ción a la muer­te√¢‚í‡Â¨Â¬í¹ y que se ana­li­zará con el pro­pó­sito de mos­trar: los pára­mos por los que todaví­a anda­mos, la nota­ble defi­ni­ción que el poeta esta­blece como signo dis­tin­tivo del sis­tema capi­ta­lista en su epí­tome y sí­mbolo, Nueva York, que es la ansie­dad por ser esa otra esen­cia que no se es y la tre­menda saga­ci­dad de la muerte para ocul­tarse como cosa muda­ble, como ansie­dad pre­vista, como pro­ducto fun­gi­ble de inter­cam­bio, nunca como tra­ge­dia, coro­la­rio natu­ral o efí­mera gran­deza que la pala­bra vence.

La muerte como forma que se elude bus­cando otra forma que apa­rece como supera­ción y como ciclo com­pe­ti­tivo, mien­tras lo esen­cial que no ha sido rozado siquiera, sigue allí­, inmu­ta­ble. La muerte como per­pe­tua meta­mor­fo­sis, ansiosa, per­ma­nente, inhe­rente al pro­pio sis­tema que el poeta lee en la ciu­dad de Nueva York.

La muerte como cam­bio hacia la impo­si­bi­li­dad más pedes­tre, no hacia la heterotopí­a, hacia la dife­ren­cia, hacia la revuelta con­tra un orden des­pó­tico que no nos nece­sita y, menos que menos, nos consulta.

La muerte por el deseo que inhibe el cono­ci­miento de lo que somos o que­re­mos ser. Deseo ino­cu­lado, insu­flado, entre dis­cur­sos sobre el esfuerzo, la dig­ni­dad, la pro­bi­dad y el pago de impuestos.

Así­ este anda­luz en Babi­lo­nia mira lo que ven­drá y toma cuenta.

MUERTE

¡Qué esfuerzo!
¡Qué esfuerzo del caba­llo por ser perro!
¡Qué esfuerzo del perro por ser golon­drina!
¡Qué esfuerzo de la golon­drina por ser abeja!
¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caba­llo!
Y el caba­llo,
¡qué fle­cha aguda exprime de la rosa!,
¡qué rosa gris levanta de su belfo!
Y la rosa,
¡qué rebaño de luces y ala­ri­dos
ata en el vivo azú­car de su tronco!
Y el azú­car,
¡qué puña­li­tos sueña en su vigi­lia!
Y los puña­les dimi­nu­tos,
¡qué luna sin esta­blos, qué des­nu­dos,
piel eterna y rubor, andan bus­cando!
Y yo, por los ale­ros,
¡qué serafí­n de lla­mas busco y soy!
Pero el arco de yeso,
¡qué grande, qué invi­si­ble, qué dimi­nuto!,
sin esfuerzo.

Caba­llo, perro, golon­drina, abeja, caba­llo. Pri­mera meta­mor­fo­sis. El caba­llo, ani­mal lan­zado, libre, sobe­rano de sí­, desea la escla­vi­tud, la domi­na­ción, quiere ser perro. Quiere domes­ti­carse, hacerse uno con su dueño, al que no se nom­bra pero se alude.

Llama la aten­ción que el caba­llo, ani­mal que inau­gura la ansie­dad del esfuerzo, sea el que tras­cienda hacia otro mundo, el vege­tal, como más tarde se verá.

Tene­mos enton­ces un esfuerzo por no asu­mir la pro­pia con­di­ción, que en el caso del caba­llo fác­ti­ca­mente lo infe­rio­riza, y en el resto de los ani­ma­les agrega una situa­ción de impo­si­bi­li­dad inmo­vi­li­zante. Hay incluso un quie­bre esté­tico en el esfuerzo del caba­llo por ser perro, una vacui­dad en el gusto pro­pio, un ir hacia otro que se supone superior.

Por otra parte el perro desea ser golon­drina, con­di­ción que parece entre otras cosas inopor­tuna, viciada de fal­se­dad. El perro intenta un esfuerzo sin duda pode­roso por recrear un vuelo que lo excluye. No es la supera­ción, es el ridí­culo. No es la trans­fi­gu­ra­ción bí­blica, es un capri­cho de Goya. Y es un engaño, ade­más. Enga­ñe­mos al perro, parece decir el poeta, que con él enga­ña­re­mos al hom­bre. El perro quiere tro­car su fide­li­dad terrena y perruna por el vuelo del ave. Una per­muta viciosa, tie­rra ver­sus cielo.

Pero la golon­drina, el ser alado que anun­cia la pri­ma­vera, la meta­mor­fo­sis de la tie­rra muerta en tie­rra fér­til, quiere ser abeja, labra­dora y sumisa, esclava de su tra­bajo, sí­mbolo de la tarea del número por encima del indi­vi­duo. A todos según la nece­si­dad de todos, una fala­cia peli­grosa y encan­ta­dora que a poco que se repare en ella, da por tie­rra con la regla a cada uno según sus nece­si­da­des, corre­gida por otra máxima: todos dando al grupo según sus capa­ci­da­des, y no sólo habla­mos de mate­ria. La socie­dad de las abe­jas con su jalea real y su des­tino de per­pe­tuo sacri­fi­cio para la inmensa mayoría.

Es decir, el libre se esfuerza en la sumi­sión; el sumiso, como buen sumiso, se droga con la impo­si­bi­li­dad; el ser vola­dor que anun­cia el rena­ci­miento aspira al vuelo, sí­, pero el vuelo de un insecto que se ordena en una socie­dad estric­ta­mente sec­to­ri­zada, donde el grupo sub­sume al indi­vi­duo. El poeta parece des­lin­dar res­pon­sa­bi­li­da­des, sólo observa el esfuerzo del caba­llo por ser perro, del perro por tra­tar de volar, y el de la golon­drina que ya tiene con­di­ción de altura, en vol­verse insecto.

Pero las meta­mor­fo­sis de la muerte con­ti­núan. Algo o alguien las aus­pi­cia, las sugiere.

En un verso que hasta mueve a la risa, la abeja desea ser caba­llo, pero cui­dado que el poeta se está bur­lando de noso­tros. Hay humor, qui­zás, hay juego dia­léc­tico, puede ser, pero tam­bién hay un des­tino omi­noso que el esfuerzo quiere, infruc­tuo­sa­mente derro­tar, la abeja quiere ser caba­llo, la regi­men­tada espe­cie busca la sal­va­ción en la liber­tad de otra especie.

Y allí­ está otra vez Fede­rico Garcí­a Lorca, la abeja ansí­a ser otra cosa que la que su esen­cia le per­mite, lo que no es bueno o malo en sí­, es, sola­mente, es. Este “es” es un “es” decla­ra­tivo, no halla­mos razón en la abeja, no pode­mos hallarla, halla­mos ansia, esfuerzo. Mul­ti­tud de la espe­cie abeja, que­riendo ven­cer su con­di­ción a ciegas.

Mul­ti­tud ciega, a qué aspira, a qué iman­tada meta­mor­fo­sis es conducida.

Esto no parece supera­ción, parece esfuerzo, ciego esfuerzo.

Pero los cam­bios no ter­mi­nan allí­ por­que el caba­llo desea ser rosa. Y el poeta se pre­gunta qué esen­cia que ya no posea, fle­cha aguda dice Fede­rico Garcí­a Lorca, puede extraer de la rosa. Quiere la belleza, no. El esplen­dor, tam­poco. No hay arque­ti­pos pla­tó­ni­cos aquí­. La rosa gris, es el pro­ducto del esfuerzo sin sen­tido del caba­llo, flor de su belfo, flor del yugo, de la muerte.

Y la rosa –por­que la diná­mica de Nueva York que ato­sigó al poeta lo lleva a tras­la­dar su vorá­gine a los sí­mbolos de su tie­rra, de esa len­gua que Fede­rico Garcí­a Lorca sublimó– la rosa desea la movi­li­dad de luces y ala­ri­dos ata­dos a su tronco, suma­dos como ador­nos pue­ri­les a su natu­ral condición.

Nadie está con­forme en este cua­dro intro­duc­to­rio de la muerte, la muerte no ha lle­gado pero no importa, lle­gará a un mundo de incon­for­mes. Arri­bará la muerte a sus ví­ctimas esfor­za­das en lograr lo que tie­nen o lo que no tie­nen, poco importa la dis­cri­mi­na­ción en este punto, y hasta invo­lu­crará al azú­car y al puñal.

O peor aún, el azú­car vuelto cris­tal de puña­li­tos. El bello ase­sino en la medida de sus limi­ta­cio­nes es tan ase­sino como cual­quier geno­cida. Todo es un pro­blema de escala, parece decir el poeta, no de esen­cias –que se han per­dido desde que todos quie­ren ser otra cosa– de posi­bi­li­da­des de mutar y mutar y mutar hasta el puñal, nave­gando sobre un esta­blo, puña­les hechos luna, luna que busca rubor y piel eterna, con­di­ción humana, ani­mal y vege­tal. Con­di­ción de la vida que la pro­pia vida esfor­zada en un cam­bio de muerte ha obte­nido o al menos el poeta piensa que se ha obte­nido o que corre el riesgo de obte­nerse, que en todo caso y dada su peri­pe­cia per­so­nal, ate­rra y oprime el corazón.

Pero el poeta se intro­duce en el poema. Será­fico y en lla­mas busca y es. Y lo oprime ese arco de yeso, intere­sante ima­gen de la vana­glo­ria, grande, dimi­nuta, invi­si­ble, en su esen­cia y en su peli­gro: la vana­glo­ria tam­bién es meta­mor­fo­sis de la muerte, fuego fatuo, nuevo caba­llo en busca de su nada, empe­ñado en su esfuerzo sin esfuerzo, como una pre­des­ti­na­ción del “rufia­nismo” poético.

Una última pala­bra para el tono del poema, Fede­rico Garcí­a Lorca uti­liza el signo de excla­ma­ción para cada verso excepto en tres: y el caba­llo, y el azú­car, y la rosa. Casi una deli­mi­ta­ción de los tres reinos, el ani­mal en el caba­llo, el vege­tal en la rosa y en el azú­car los cris­ta­les, que podrí­an sig­ni­fi­car el reino mine­ral. Sub­yace en estos ver­sos no excla­ma­ti­vos, la idea de tota­li­dad de lo real, de lo que existe, de lo que es, por sobre la inter­pre­ta­ción del poeta, como debe ser de acuerdo al tono de todo el libro, por­que la poesí­a no es vul­gar mani­fiesto polí­tico, pero tam­poco es su opuesto: enu­me­ra­ción per­ma­nente, sea de obje­tos o de sen­ti­mien­tos. Y FGL lo deja esta­ble­cido en su poema para bene­fi­cio de los que leen poesí­a, los menos, y de los que la escri­ben, lamen­ta­ble­mente los más.

Álvaro Ojeda, Mon­te­vi­deo, 18 de agosto de 2006, Cen­tro Cul­tu­ral Dodecá.