Archivo de noviembre, 2005

Grandes maestros

En una época en que se pretenden abolir las distancias entre alta y baja cultura, cultura artí­stica y cultura popular, arte y espectáculo: ¿tiene sentido hablar de los grandes maestros del cine? Una vez que se ha decretado el fin del arte, de las ideologí­as, de las utopí­as y de tantas otras cuestiones sustantivas: ¿no serí­a ya el tiempo de decretar también el fin de los grandes maestros?

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Máscaras II

En las ciudades posmodernas, sostiene Beatriz Sarlo,

«los shopping pueden ser vistos como los monumentos de un nuevo civismo: ágora, templo y mercado».

Para los más jóvenes, en la actualidad, el cyber-café parece haber pasado a desempeñar parte de esa funcionalidad. Eso es lo que en principio nos muestra el cortometraje documental Máscaras II, realizado por estudiantes de la Generación 2003 de la Escuela de Cine Dodecá, que se exhibirá a partir de este mes en nuestra sala.

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Conexiones ocultas de Suci Viera

Por Lucí­a Giambruno

Conexiones Ocultas es el nombre de la muestra fotográfica de Suci Viera instalada en el Centro Cultural Dodecá. Sobre su peculiar manera de visualizarla interioridad femenina, la autora dialogó con La República de las Mujeres … Desde 1990, Suci Viera es integrante del Foto Club. Expuso colectivamente en varias oportunidades, formando parte del Salón Municipal de Artes Plásticas en el Museo Blanes y del Salón Nacional de Artes Visuales. Lleva realizadas también dos exposiciones individuales: «Juego de Partida» (1996) de carácter autorreferencial, y «Bella Caña, Dulce Unión», fotorreportaje sobre la recolección de la caña de azúcar montado 1992 en el Atrio del Palacio Municipal. Además, participó en numerosas muestras cuya temática fue esencialmente la mujer. Seguir leyendo

Ante lo frágil: Suci Viera

Por Pablo Thiago Rocca

Luego del interesante fotorreportaje de los «peludos» del norte, Bella caña, dulce Unión, Suci Viera propone una experiencia fotográfica muy distinta en formato y lenguaje, pero igual de contundente en sus aspiraciones.* …

Hay apenas cuatro o cinco registros. El primero de ellos, un cuadrito que presenta dos fotos amateurs, la de una niña y, suponemos, la madre de esa niña, posee la apariencia de una casa. Las maderitas del marco semejan un techo con dos columnas y un piso que lo sostiene. Añeja, planchada pero con arrugas persistentes, la foto de esta niña, que hunde los pies en la arena de un rí­o, posee el aura de los recuerdos impactados (la luminosa presencia del rí­o remite inevitablemente a la máxima heraclitana) y una composición sencilla pero muy efectiva. La foto de la madre también es simple y sobrecogedora. Está un poco fuera de foco y con el horizonte inclinado, pero es amable con la mujer de mirada esquiva y apacible que se toma los codos desnudos en la reja. Unos cortinados le caen sobre sus hombros y esto trasunta cierta dulzura que invita a un mundo í­ntimo, sedoso, que la madre custodia y que comenzarí­a precisamente en el gesto enigmático de la boca o en la oscuridad que se abre a sus espaldas (las fotos fueron tomadas por Manuel Viera). En ese primer cuadrito ya está el cuadro familiar completo, en sus implicancias simbólicas.

Luego vienen las tres grandes impresiones digitales distribuidas en la pequeña sala. Son imágenes que a primera vista el observador identifica como caderas femeninas, vientres y ombligos, túneles oscuros que llevan hacia alguna parte. Lo más probable es que esas enormes imágenes hayan sido tomadas de objetos más bien nimios, más pequeños que el cuerpo femenino que evocan. Detrás de esta económica exposición está como agazapada la noción de los «equivalentes» de Alfred Stieglitz o las trampas oní­ricas de René Magritte. Las relaciones metafóricas entre los motivos (madre, hija, ombligo, cuerpo femenino) son construidas por el observador a partir de una sintaxis sugerida por la artista. Tienen algo de la imaginación que encuentra en las nubes formas de barcos y animales y que traza parentescos olí­mpicos en las constelaciones de astros. Se juntan cosas pertenecientes a mundos diversos y se transfieren a un espacio común donde encuentran un nuevo sentido. Las fotos reclaman, pues, una mayor potencia imaginativa del observador, del mismo modo que lo obligan a romper el precinto de hilo que sella el catálogo para escudriñar en su interior (cortando, a la vez, el cordón que ata en el papel a las imágenes de hija y madre).

Todo este juego de «conexiones ocultas» es menos intrincado de lo que parece expresado con palabras. Las relaciones son formales, «musicales«, dirí­a Stieglitz: se apoyan en la sugerencia estructural y en el despojamiento de los detalles. La reflexión está planteada desde una perspectiva de género nada ampulosa, un registro emparentado con la poética doméstica de Magela Ferrero, fotógrafa y curadora de la muestra: «La madre |escribe en el catálogo| lo contempla todo, tiene el cabello calmo y un suéter bonito, y una belleza… Parece entender la importancia de la alegrí­a, ante lo frágil que puede resultar la permanencia en el tiempo de nuestro rostro«. La extrema cercaní­a de la foto entre madre e hija conduce al visitante, desde el comienzo del recorrido, hacia una apreciación bastante uní­voca de los «equivalentes«, y las conexiones resultan por ello menos ocultas de lo que parecerí­a pretenderse. Es difí­cil buscar el término medio para que las analogí­as no resulten obvias ni permanezcan herméticas. Pero ese es un riesgo que conllevan todas las miradas –frágiles, personales– dirigidas hacia el pasado.

* Conexiones ocultas, Centro Cultural Dodecá, San Nicolás 1306.
Publicado en Brecha | Suplemento El Ocho | Página 6 | 4 de noviembre de 2005