Lacy Duarte y la cultura de lo inevitable

Hace tres años abrí­amos nues­tra sede e inau­gu­rá­ba­mos la sala de expo­si­cio­nes con la mues­tra “Ras­treo de hue­llas y frac­tu­ras”, de la artista Lacy Duarte. En este mes, cuando inau­gu­ra­mos nues­tro cuarto año de exis­ten­cia, que­re­mos tomarla a ella como ejem­plo de una acti­tud alter­na­tiva frente a la tan men­tada cul­tura de lo inevi­ta­ble, del no hay nada que hacer.

Pre­ci­sa­mente, en estos dí­as, Lacy denun­ciaba una situa­ción que le tocó vivir con seis cua­dros que realizó en Esta­dos Uni­dos, trajo al Uru­guay, fue­ron requi­sa­dos en la aduana, rete­ni­dos con­tra su volun­tad por una empresa pri­vada y final­mente lle­va­dos a remate sin pre­vio aviso. Al res­pecto, tras reco­no­cer “la vani­dad de una pro­testa por cua­dros per­di­dos, en una socie­dad que con tanta faci­li­dad admite la desa­pa­ri­ción de tan­tos de sus hijos y el ham­brea­miento de otros muchos”, ella denun­cia la situa­ción, expre­sando a la vez que “la pro­testa indi­vi­dual y colec­tiva es una pena que vale”.

Por cierto, reco­no­ciendo en Lacy Duarte una per­sona entra­ña­ble, y soli­da­ria con noso­tros desde el prin­ci­pio, indig­na­dos como ella ante la situa­ción que le tocó vivir (“el mano­seo”, dice en su carta) en Dodecá resol­vi­mos hacer­nos eco de su pro­testa y ampli­fi­carla por nues­tros medios. Las redes fun­cio­na­ron y las res­pues­tas de soli­da­ri­dad no se hicie­ron espe­rar. La indig­na­ción y la pro­testa fue com­par­tida. Entre las muchas car­tas reci­bi­das, hay una que mani­fes­taba: “Por fin alguien reac­cionó en esa triste nebu­losa de resen­ti­miento e impu­ni­dad en la que se ha trans­for­mado nues­tro país”.

Qui­zás Lacy no recu­pere sus cua­dros. Pero a pesar de eso, nos recon­forta ver en estas res­pues­tas un sí­ntoma de que algo aus­pi­cioso se está moviendo en el sub­suelo (Lacy segu­ra­mente hablarí­a de “las capas” más pro­fun­das) de nues­tra socie­dad: la cul­tura de lo inevi­ta­ble comienza a retro­ce­der. Vamos apren­diendo que siem­pre es mejor hacer algo. Y que vale la pena.