Archivo de julio, 2003

Lo mejor del cine australiano

Hacia mediados de la década del setenta hubo un cambio radical en la polí­tica cinematográfica australiana. Tras años de desarrollo de un mercado interno, se tuvo la necesidad de romper las barreras nacionales para lograr un redimensionamiento de la industria. Con fuerte respaldo de empresas privadas y entes públicos, el cine australiano consiguió una inmediata repercusión internacional, combinando hábilmente la suerte de un film (el gran éxito de «Te llamaré Caddie«) con muestras organizadas desde Australia para festivales internacionales de cierto prestigio.

El resultado fue que en el plazo de tres años el cine australiano ya habí­a recorrdo todo el mundo y comenzaba a difundir los nombres de realizadores importantes. El primero de ellos fue tal vez Peter Weir, que ya tení­a una fama interna con films como «El plomero» o «Enigma en Parí­s», y que se impondrí­a afuera con «Picnic en las Rocas Colgantes» y especialmente «La última ola». Pero también importó gente como Bruce Beresford («Asalto al camión blindado», «Fiesta de fin de semana», «Después de la emboscada»), el George Miller de «Mad Max» o su homónimo de «Herencia de un valiente», o la Gillian Armstrong de «Mi brillante carrera».

No fue una ola pasajera la que se impulsó en ese momento, sino una decisión que se trató de mantener con el correr de los años. Sin embargo, los cambios en el mercado internacional plantearí­an al cine australiano por lo menos dos obstáculos. El primero de ellos fue la exportación lisa y llana de sus talentos, absorbidos por la industria norteamericana, que es donde trabajan hoy la mayorí­a de los realizadores australianos importantes de entonces. Weir llegarí­a a Hollywood para hacer «Testigo en peligro», «La costa mosquito», «Matrimonio por conveniencia» o «La sociedad de los poetas muertos», y lo mismo ocurrirí­a con el George Miller de «Las brujas de Eastwick» o «Un milagro para Lorenzo», o la Gillian Armstrong de «Mujercitas», mientras Bruce Beresford se dedicaba a cosas como «Crí­menes del corazón», «Conduciendo a Miss Daisy» y hasta «Mi testigo preferido», y el otro Miller llegaba a Europa para hacer una secuela de «La historia sin fin». Y la lista de nombres podrí­a extenderse hasta gente como los fotógrafos Russell Boyd o Don McAlpine, o intérpretes como Angela Punch-MacGregor Mel Gibson (de hecho, este último nació en los Estados Unidos, pero se harí­a famoso por sus trabajos en Australia antes de regresar triunfalmente a su paí­s natal).

El segundo problema ha sido la difí­cil competitividad planteada por la industria norteamericana, con su consecuencia de una inevitable pérdida de la identidad (algo que también ha podido ocurrir con la producción británica, por ejemplo). De ahí­ el debilitamiento de la presencia australiana en el mercado internacional durante la segunda mitad de la década del ochenta y los noventa, aunque éxitos aislados aunque irrepetibles (Cocodrilo Dundee) pudieron generar algún sobresalto en las taquillas del ancho mundo. Más cerca aún, tí­tulos notorios como «El casamiento de Muriel» o «Las aventuras de Priscilla, reina del desierto» han servido para recordar que, en el mundo del cine, Australia también existe. Y algo debe significar que Erik Bana, el australiano que encarnó al mitómano y asesino Chopper, haya sido elegido para interpretar en una superproducción internacional (dirigida por Ang Lee, nada menos) al Increí­ble Hulk. Ese debe ser también, de alguna manera, un reconocimiento al cine australiano. El presente ciclo reúne varios ejemplos significativos de ese cine.

Lo mejor de Francesco Rosi (II)

La zona más valiosa de la trayectoria de Francesco Rosi se inicia en 1962 con Salvatore Giuliano, un vasto cuadro social que utilizaba como eje la mitológica figura del famoso bandido siciliano.

Con pocas excepciones (la fábula de Y vivieron felices, el intermedio operí­stico de Carmen), su obra posterior se orientarí­a en esa misma dirección, con denuncias de corrupción polí­tica (Saqueo a la ciudad), aproximaciones crí­ticas al mundo del toreo (El momento de la verdad), alegatos antibélicos (El asalto final), reflexiones sobre el poder en sus diversas manifestaciones (Lucky Luciano, Cadáveres ilustres, El caso Mattei). Su cine fue quizás el más significativo de la veta crí­tica con connotaciones polí­ticas de los años sesenta y setenta, y su evolución posterior puede resultar no menos reveladora: Cristo se detuvo en Eboli o Tres hermanos se movieron en un terreno humanista más amplio, quizás más universal y abstracto, como si los sacudones sociales hubieran vuelto más problemáticas las seguridades de antaño. Sin embargo, los años ochenta lo vieron igualmente polémico con respecto a comportamientos mafiosos (Olvidar Palermo), el prejuicio social (Crónica de una muerte anunciada, sobre Garcí­a Márquez) o las masacres del nazismo y el sentido de la existencia después de Auschwitz (La tregua). El ciclo que culmina ahora reúne varios de sus tí­tulos más significativos.

Polémicas 1: Cine, polí­tica y corrupción – Primer panel

El martes 22 de julio tuvo lugar el primer panel de esta nueva propuesta de reflexión, discusión y formación a partir del cine, que culmina el martes 5 de agosto con la participación de Oscar Bottinelli, Ví­ctor Giorgi y Ricardo Viscardi.

En el próximo boletí­n presentaremos un balance de toda la actividad.

Germano-turcos, tercera generación

Uno de los fenómenos más llamativos del cine alemán contemporáneo es el aporte de los inmigrantes, que en el caso de los turcos ha llegado en los años noventa, en muchos casos, a su tercera generación. Uno de los rasgos caracterí­sticos de ese cine es el despertar de la conciencia del estilo. Ha comenzado a quedar atrás la urgencia del testimonio, expresado a veces de manera enérgica y apresurada, y se acentúa la atención sobre los aspectos estéticos aunque sin perder de vista otras perspectivas, incluso polí­ticas. El cine germano-turco se ha revelado como un elemento enriquecedor de la cultura cinematográfica alemana en general. Al mezclar el aire de intimidad, el carácter de ajeno, la comprensión de lo externo y la estima por lo propio, estas obras permiten arrojar una mirada exacta a la realidad social del paí­s. La cultura del mestizaje es una parte de la solución, y el cine es una de las mejores formas de aprender a mirar.

Editorial de julio

Las fronteras entre polí­tica, cultura, economí­a y sociedad, si alguna vez las hubieron, nunca fueron claras. No lo fueron en el pasado y mucho menos lo son en el presente, cuando el entramado de las relaciones y mediaciones sociales se vuelve más complejo, más ambiguo y más caótico.

Cierto que el problema no es sólo de claridad, de transparencia o de orden. El problema es dilucidar hasta qué punto serí­a deseable o justificable que esas áreas de actividad estén separadas: aquí­ los que se encargan de lo polí­tico, allá los que hacen cultura, etc., cada uno restringido a su fragmento de realidad. ¿En qué favorecerí­an esas distancias a las necesidades actuales de dar respuestas colectivas y creativas a la profunda crisis que atraviesan nuestras sociedades?

En Dodecá, si bien no pretendemos retroceder en cuanto a los logros de autonomí­a del arte respecto de los poderes polí­ticos y económicos, tampoco pretendemos aislar las esferas de acción cultural y polí­tica, ni nos interesa separar a éstas de las otras múltiples esferas de acción social. Las «Polémicas» que este mes iniciamos son una muestra de ello, como ya lo fue, en diciembre del año pasado el ciclo de debates sobre el artista y el poder, como también los son los Encuentros de Cine y Ciencias Humanas que hemos realizado: la cuestión del trabajo, violencia y juventud, y el último recientemente culminado sobre la condición de la mujer. Muchas otras «Polémicas» vendrán sobre cuestiones centrales, que nos interesa promover.

Un centro de acción cultural, tal como nosotros lo entendemos, puede y debe ser un ámbito de discusión y formación polí­tica, así­ como en los ámbitos de acción polí­tica no dejan de estar en juego los valores culturales de una sociedad.